A pesar de que la iluminación era mala, la mujer tenía una marca oscura en la cintura, como si fuera un lunar de nacimiento.
Erika no tenía nada así. Sin embargo, ya no sentía ninguna necesidad de revelarle ese detalle a Valerio.
Estaba a punto de largarse de allí para irse lejos y no volver nunca más.
Que siguiera pensando que ella le fue infiel, que cargara con la rabia de creerse engañado.
Es más, Erika deseaba que esta nueva prueba de ADN también saliera equivocada.
De esa forma, una vez que ella llevara tiempo lejos, él simplemente se olvidaría del asunto y dejaría de buscarla.
En cambio, si se enteraba de que los hijos eran suyos, capaz que movía cielo y tierra para dar con ella.
Valerio, por su parte, no tomó nada bien esa actitud tan resignada de Erika.
Se paró del sillón de inmediato, soltó un bufido de enojo y salió de la habitación.
Erika se acercó a la puerta de puntitas, hasta cerciorarse con sus propios ojos de que él ya iba bajando las escaleras.
Después de eso, se metió rápido al despacho de él.
Rebuscó en el último cajón del escritorio y, para su suerte, ahí estaban las fotografías.
Erika le tomó fotos con el celular a todas en las que se veía la cara de la mujer, y se las mandó a Martina por mensaje de imagen.
Le añadió un texto: [Esa mujer no soy yo. Guarda muy bien las fotos para que después investiguemos de quién se trata].
Tras hacer eso, borró por completo el historial de llamadas y de mensajes.
Apagó el aparato, lo acomodó justo en el mismo lugar donde Isabel lo había dejado, y por fin bajó a la planta baja.
Sofía ya la esperaba en la mesa del comedor con la sopa servida, junto a un montón de suplementos y vitaminas para el embarazo.
Erika se fue sentando mientras preguntaba:
—¿Todo esto...?
—El señor Ramírez pidió que se lo preparáramos, señora —respondió Sofía con mucho respeto.
Mientras hablaba, Sofía no pudo evitar pasear la vista por la cara de Erika, claramente extrañada.
Erika notó la mirada y, por mero instinto, se llevó la mano a la mejilla:

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