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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 229

A pesar de que la iluminación era mala, la mujer tenía una marca oscura en la cintura, como si fuera un lunar de nacimiento.

Erika no tenía nada así. Sin embargo, ya no sentía ninguna necesidad de revelarle ese detalle a Valerio.

Estaba a punto de largarse de allí para irse lejos y no volver nunca más.

Que siguiera pensando que ella le fue infiel, que cargara con la rabia de creerse engañado.

Es más, Erika deseaba que esta nueva prueba de ADN también saliera equivocada.

De esa forma, una vez que ella llevara tiempo lejos, él simplemente se olvidaría del asunto y dejaría de buscarla.

En cambio, si se enteraba de que los hijos eran suyos, capaz que movía cielo y tierra para dar con ella.

Valerio, por su parte, no tomó nada bien esa actitud tan resignada de Erika.

Se paró del sillón de inmediato, soltó un bufido de enojo y salió de la habitación.

Erika se acercó a la puerta de puntitas, hasta cerciorarse con sus propios ojos de que él ya iba bajando las escaleras.

Después de eso, se metió rápido al despacho de él.

Rebuscó en el último cajón del escritorio y, para su suerte, ahí estaban las fotografías.

Erika le tomó fotos con el celular a todas en las que se veía la cara de la mujer, y se las mandó a Martina por mensaje de imagen.

Le añadió un texto: [Esa mujer no soy yo. Guarda muy bien las fotos para que después investiguemos de quién se trata].

Tras hacer eso, borró por completo el historial de llamadas y de mensajes.

Apagó el aparato, lo acomodó justo en el mismo lugar donde Isabel lo había dejado, y por fin bajó a la planta baja.

Sofía ya la esperaba en la mesa del comedor con la sopa servida, junto a un montón de suplementos y vitaminas para el embarazo.

Erika se fue sentando mientras preguntaba:

—¿Todo esto...?

—El señor Ramírez pidió que se lo preparáramos, señora —respondió Sofía con mucho respeto.

Mientras hablaba, Sofía no pudo evitar pasear la vista por la cara de Erika, claramente extrañada.

Erika notó la mirada y, por mero instinto, se llevó la mano a la mejilla:

—¿Aurora? ¿Aurora Cruz?

Erika, desconcertada ante ese nombre ajeno, levantó la cabeza poco a poco buscando el origen de la voz.

Cuando Ricardo le vio la cara de frente, tuvo que tallarse los ojos un par de veces. Por más manchas de carbón que tuviera encima, esa era la cara que él conocía tan bien.

Acortó la distancia a zancadas, la agarró por los hombros con ambas manos y balbuceó, tembloroso:

—¡¿Aurora?! ¡¿De verdad eres tú?!

Erika se quedó helada sin entender qué pasaba, pero se sacudió su agarre con fuerza y dijo muy fría:

—Oiga, señor, se está confundiendo de persona.

Ricardo endureció el gesto, totalmente serio:

—¡No puede ser! Podría reconocerte donde fuera, esa cara no se me olvida. Aunque tienes la voz diferente... ¿Me estás fingiendo que no me conoces? ¿Por qué? ¡¿Hasta cuándo te vas a seguir escondiendo de mí?!

Erika frunció las cejas y lo corrigió tajante:

—En serio, me está confundiendo. Yo me llamo Erika Milán.

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