Ricardo no le quitaba la mirada de encima, y murmuró:
—Imposible. Eres Aurora. ¿Qué haces tú aquí? ¿Por qué trabajas limpiando para los Ramírez? Valerio me dijo que estás casada y que tienes tres hijos... ¿De qué se trata todo esto?
Erika no entendía absolutamente nada, pero no estaba dispuesta a seguirle el juego. Ya casi iba a poder fugarse de la mansión y no quería enredos de última hora.
Se levantó despacio de la silla, adoptando una actitud servil:
—Debe haber tomado de más, señor. O a lo mejor solo me parezco a esa mujer que dice.
Mientras hablaba, se cercioró de que nadie más anduviera cerca y se levantó un poco el mandil para mostrar su abultado vientre.
—El jefe le dijo la verdad, ya tengo hijos y además estoy embarazada otra vez. Y le repito, yo me llamo Erika.
Erika soltó el mandil, cubriéndose de nuevo:
—Si todavía no me cree, espéreme tantito, voy por mi credencial para que lo cheque.
Erika hizo un leve asentimiento y caminó rumbo a las escaleras.
Ricardo la veía marcharse con la cabeza hecha un nudo de confusión. No despegaba los ojos de ella.
Hasta caminando se parecía.
Era absurdo creer que en el mundo pudieran existir dos gotas de agua.
Pero esta mujer no solo tenía otra voz, su actitud entera era diferente.
Su Aurora era desmadrosa, siempre con la cara bien maquillada y hablando fuerte.
En cambio, esta mujer que se hacía llamar Erika se veía apagada, con modales suaves y una voz súper tranquilita.
Ricardo se rascó la cabeza y empezó a dar vueltas de un lado al otro en el comedor, frustrado por no entender qué pasaba.
Poco después, la vio bajar a prisa.
Él también aceleró el paso para encontrarla.
Erika le entregó la identificación con mucha cortesía.
Ricardo tomó la tarjeta con las manos temblorosas y la miró fijamente. Decía "Erika". De verdad que no era su Aurora.



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