Valerio frunció el ceño mientras observaba a la Erika que tenía enfrente.
Parecía que estaba descubriendo una faceta de ella que jamás había visto.
Esa forma de hablar, desde la lógica hasta el tono, la hacía sonar como toda una ejecutiva de alto nivel.
La Erika de antes no era para nada así; siempre hablaba de forma suave, bajita y bastante complaciente.
¿Acaso él la había obligado a cambiar?
Quería retenerla a su lado, y por eso hizo que Diego le cargara la compensación del equipo a Erika.
¿Habría sido un error actuar así?
Valerio se quedó en silencio un momento y dijo:
—Primero ve a escoger tu ropa, al rato lo platicamos a detalle.
Erika lo miró de reojo y ya no dijo nada más.
Después de elegir varias prendas que le quedaban bien, también compró un sombrero para el sol y un cubrebocas.
Cuando Erika salió, se notaba que no tenía muchas ganas de regresar de inmediato a la mansión Ramírez.
Había estado varios días encerrada en el hospital, muriéndose de aburrimiento, y que luego él la hubiera arrastrado a la mansión, era todavía peor.
Erika miró a Valerio, que la esperaba en la entrada, y soltó sin rodeos:
—Quiero comer afuera.
No se lo estaba preguntando, su tono era más bien un aviso.
Valerio le echó una mirada al vientre y comentó con voz suave:
—Me temo que la comida de la calle no es muy saludable.
Erika no dijo nada, pero su expresión dejaba clarísimo que no iba a dar su brazo a torcer.
Se quedaron en silencio unos segundos hasta que Valerio sacó su celular, hizo una llamada breve y colgó. Luego recibió otra llamada y, tras colgar de nuevo, le dijo:
—Vamos, le pedí a Diego que reservara un cuarto privado en el restaurante del último piso.
—¿Qué hay de Isabel? —preguntó Erika.
—Déjala, ya les ordené a los guardaespaldas que la acompañen un rato a checar las tiendas —respondió Valerio—. Cuando le dé hambre, sabrá buscar qué comer.
Mientras Erika dudaba, Valerio la agarró y la llevó hacia el elevador.
Al llegar a la habitación privada, Valerio se quitó el sombrero y el cubrebocas, y jaló una silla para indicarle a Erika que se acomodara.
—¿Ah, sí? ¿Ya no tengo que pagar? ¿Y cuál es la condición?
Valerio no esperaba que le preguntara eso. ¿La condición? Obvio lo que él quería era que regresaran.
Así que respondió:
—Si hablamos de condiciones, solo tómalo como que me estás dando la oportunidad de volver a conquistarte.
Tan pronto Valerio terminó de hablar, Erika comentó con evidente sarcasmo:
—Y yo que pensé que la condición para perdonarme la deuda era acostarme contigo.
Valerio se quedó en silencio, desconcertado.
Dejando los cubiertos sobre la mesa, Valerio entrecerró los ojos y le lanzó una mirada fulminante:
—¿De quién aprendiste a hablar así?
—¿Se necesita aprender? Así he sido siempre —le respondió Erika.
Valerio se pasmó por un segundo; sentía que algo no cuadraba por ningún lado. ¿Acaso seguía enojada por su impulso de la noche anterior?
Con mucha paciencia, Valerio retomó el tema de la conversación:

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