—Vámonos.
Valerio agarró la mano de Erika con fuerza sin soltarla, reduciendo el paso para seguirla.
Al llegar a la esquina, Erika retiró la mano con frialdad:
—Ya fue suficiente.
Valerio frunció el ceño. Quiso decir algo más, pero Erika ya había entrado a la tienda.
Isabel ya había escogido varias prendas y los esperaba para que pagaran.
Valerio, que venía detrás, sacó su tarjeta sin dudar y se la entregó a la cajera. Luego se volvió hacia Erika:
—¿No escogiste nada?
Erika se quedó pensativa; su vientre crecía día con día, y parecía que de verdad necesitaba comprar ropa.
Sin esperar a que Erika hablara, Valerio guardó la tarjeta que acababa de pasar, sacó otra tarjeta VIP de su bolsillo, se la dio a Isabel y le dijo:
—En el último piso hay una cafetería, también tienen todo tipo de botanas. Ve a esperarnos allá; llevaré a Erika a comprar unas cosas personales.
Isabel hizo un puchero.
—Pero todavía no compro mis joyas.
Erika se quedó sin palabras.
¡Qué descaro tenía para pedir eso! Unas cuantas prendas ya costaban cientos de miles de pesos, y todavía se atrevía a pedir joyas. Pero Erika mantuvo la calma y fingió no escuchar.
Valerio se quedó en silencio un momento. Luego sacó otra tarjeta y se la tendió a Isabel:
—Ve a comprarlas.
Isabel tomó la tarjeta sin pizca de pena.
—Eres el mejor del mundo.
Al decir esto, Isabel hizo el amago de abrazar a Valerio. Él, que estaba recargado perezosamente en el mostrador, se apartó de inmediato al ver su intención.
Isabel se quedó a medias y soltó una risa incómoda:

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