Por otro lado, Erika le contestó de inmediato:
[Sigo en camino. Todo bien por acá, no te preocupes. En cuanto a Valerio... si no logra encontrar nada, seguro va a poner a alguien a vigilarte. Marti... perdóname, te he causado muchísimos problemas.]
Los dedos de Martina volaron sobre la pantalla:
[Ay, ya te dije que no me salgas con esas cosas. Que me vigile si quiere, de todos modos salgo de viaje de trabajo a cada rato, así que puedo ir a verte desde otra ciudad sin problema. Avísame en cuanto llegues.]
[Va...]
Erika tenía un nudo en el estómago; le daba muchísimo miedo meter a Martina en problemas más graves.
Sin embargo, sabía que, por sus propios medios, jamás habría podido escapar de Valerio. Ni todas las palabras de agradecimiento del mundo serían suficientes para expresar lo que sentía por su amiga.
Solo le quedaba jurarse a sí misma que se lo compensaría poco a poco en el futuro...
Con ese pensamiento en mente, Erika levantó lentamente la vista hacia Adrián, quien iba muy concentrado manejando.
Hacía un buen rato que se había subido a la camioneta siguiendo las indicaciones de Martina. Recordó el momento en que acababa de subir al vehículo.
Desde el asiento del conductor, Adrián la había mirado por el espejo retrovisor. Sus ojos se llenaron de lágrimas casi de inmediato y, con la voz rota y ronca, le dijo:
—Eri... soy un inútil, no supe cómo protegerte.
Erika, que apenas se estaba acomodando en el asiento trasero, levantó la mirada y se encontró con la de él.
En el pequeño espejo retrovisor se reflejaba el rostro demacrado de Adrián.
Parecía que llevaba días sin rasurarse, y en su semblante se le notaba un agotamiento profundo, además de esos ojos enrojecidos que ocultaban mucha culpa y frustración.
Al verlo en ese estado, Erika sintió una culpa inmensa. Parecía que a donde quiera que iba, solo le llevaba problemas a la gente...
Las últimas veces que se había comunicado con Martina, todo había sido a las prisas. Nunca le había dado tiempo de preguntar por Adrián, ni de saber cómo seguía la salud de su mamá tras el accidente.
Erika extendió las manos lentamente para tomarla. Con la voz entrecortada, le preguntó:
—Pero... ¿tu mamá ya salió del hospital?
Ni siquiera había tenido tiempo de preguntar por su estado de salud, mucho menos había podido ir a visitarla, y aun así, la señora seguía acordándose de ella...
Erika acarició suavemente la envoltura de las galletas con un nudo de sentimientos encontrados en el pecho.
Adrián asintió con la cabeza y le explicó:
—Las heridas que le hicieron no fueron en puntos vitales. Supongo que por su edad, el susto tan fuerte y el desgaste que ya traía encima, terminó cayendo en un coma profundo. Pero se está recuperando bastante bien, no tienes de qué preocuparte.
Erika frunció el ceño y le reclamó en voz baja:
—Puede que se esté recuperando bien, pero las heridas no sanan de la noche a la mañana. ¿Cómo se te ocurre ponerla a hacer cosas en la cocina?

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