Adrián tosió un par de veces y le aclaró avergonzado:
—Ay, perdóname, la verdad es que mi mamá estuvo en la silla de ruedas dictándome la receta y yo seguí sus instrucciones paso a paso. Cuando supo que eran para ti, se puso súper contenta. Ándale, come. Para no correr riesgos, no nos vamos a detener en ningún lado a comer; cenamos en cuanto lleguemos al pueblo. Yo traje bastante comida, así que ve echándote esto para engañar al estómago.
Al escuchar eso, Erika sintió un peso extraño en el corazón, pero ya no sabía qué más decir para agradecerles tanto cariño.
Al verla perdida en sus pensamientos, Adrián le sugirió con dulzura:
—Si no tienes hambre ahorita, duérmete un rato. Acomodé el asiento de atrás para que vayas más a gusto. Ponte el cinturón y cúbrete con la manta que tienes ahí a un lado.
—Ah, sí. Vete despacio, con mucho cuidado —le pidió Erika mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.
A medida que el vehículo se alejaba del centro de la ciudad, la estación de radio que traían puesta interrumpió la música para emitir un boletín informativo de última hora.
[Atención. Hace unos cinco minutos, las instalaciones del Centro Comercial Avenida Central fueron cerradas de emergencia, generando gran alboroto en el interior. Algunos rumores apuntan al robo de objetos de gran valor, mientras que otras fuentes indican que se trata de la persecución de un criminal. Elementos de la policía se dirigen a toda velocidad al lugar de los hechos. Seguiremos informando los detalles más adelante.]
***
Entre esa noticia y el mensaje reciente de Martina, quedaba clarísimo que Valerio ya se había dado cuenta de su escape y la estaba buscando desesperadamente.
Pero ella ya no le debía ni un centavo, ni siquiera había cobrado el dinero del cheque. ¿Qué sentido tenía que la siguiera buscando?
Erika miró por la ventana el cielo que comenzaba a oscurecer. En el fondo se sentía aliviada, pero al mismo tiempo cargaba con una confusión inexplicable en el pecho.
Ella y Valerio... finalmente habían terminado para siempre.
Cuando él llevara un par de días buscándola sin éxito, lo más probable es que se diera por vencido. Quizá así pasarían el resto de sus vidas: como un par de completos desconocidos.
Desde el asiento del conductor, Adrián no dejaba de echarle rápidos vistazos a Erika por el espejo.
Al notar que iba tan inmersa en sus propios pensamientos mirando por la ventana, no pudo evitar preguntarle:

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