Joaquín arrastró los pies hacia la puerta mientras exhalaba un largo suspiro.
—Siempre con el mismo cuento, todo lo hago por ustedes, por ustedes... Si no haces nada que no sea en tu propio beneficio...
Abrió la puerta justo cuando terminaba de mascullar aquello. Al toparse con un rostro completamente desconocido, se guardó el resto de los comentarios y le soltó en un tono distante:
—¿A quién buscan?
Joaquín no dejaba de inspeccionarlo de pies a cabeza mientras hacía la pregunta. El sujeto que estaba frente a él debía de rondar por su misma edad, pero tanto su manera de vestir como la seguridad que proyectaba lo hacían parecer muy por encima de su propio nivel.
Si bien no irradiaba la clase y el aura imponente del padre de Valerio, era indudable que poseía la misma presencia dominante de un empresario de alto nivel.
Joaquín asomó la cabeza un poco más para echar un vistazo hacia fuera. Detrás del sujeto aguardaban otros dos hombres vestidos con trajes impecables, erguidos y en posición firme; sin duda alguna eran sus guardaespaldas.
—Disculpe la molestia. ¿Se encuentra Penélope? —preguntó el hombre de traje, con una calma inquebrantable.
En el interior, Penélope escuchó que alguien preguntaba por ella y se acercó con el ceño fruncido por la curiosidad.
Lo examinó con detenimiento de arriba abajo, pero en lugar de mostrar algo de la prudencia que tuvo su esposo, arrugó la nariz y soltó con fastidio:
—¿Y usted quién es?
La comisura de los labios del desconocido dibujó una pequeña curva antes de contestar:
—Penélope... ¿o debería decir la enfermera Milán? ¿Podríamos hablar en privado un momento?
Al escuchar las palabras «enfermera Milán», Penélope sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aunque el clima de aquel día era sumamente caluroso, no logró evitar que se le erizara la piel.
—¿Se... se le ofrece algo? —tartamudeó, delatando su tremendo nerviosismo.
El hombre deslizó la mano hacia el interior de su saco para sacar unos documentos y los ondeó frente al rostro pálido de ella.
—Hace veinticinco años, usted trabajaba como enfermera en el Hospital Materno-Infantil Santa María, ¿no es así? A principios de septiembre, en el área de neonatología del tercer piso...
El hombre detuvo su narración a la mitad, pero esa única frase inconclusa fue suficiente para que las manos de Penélope comenzaran a temblar sin control.

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