Penélope volvió a llevarse las manos a la cintura y continuó con los reclamos a todo pulmón:
—¡¿Estables?! ¡Joaquín! ¿De verdad le llamas estabilidad a esos ingresos tan miserables? ¡Escúchame bien! A partir de hoy, vas a buscar la forma de encontrar a esa escuincla. Es una estúpida que desprecia la buena vida de niña rica y se la pasa buscando problemas. ¿Acaso no estaba de maravilla hace unos días? El muchacho es todo un caballero y la trata como una reina con todo el poder que tiene, ¡¿y ni así se conforma?! ¡¿Por qué huyó?! Yo pensé que, si volvía a la mansión, nuestra familia por fin volvería a vivir bien. Pero no, ¡lo único que quiere es matarme de un coraje!
Joaquín dejó escapar otro pesado suspiro y le recriminó en voz baja:
—Todo el santo día te la pasas hablando de dinero, dinero y más dinero. ¿No te cansas de vivir así?
Ese comentario encendió aún más la furia de Penélope, quien estuvo a punto de estallar:
—¡¿Que yo solo pienso en el dinero?! ¡¿Para qué crees que quiero todo ese dinero?! Eres un malagradecido. No tienes la decencia de pensar en el futuro de tus propios hijos, ¡¿y todavía te atreves a reprocharme?! ¡¿Cómo pude terminar casándome con un bueno para nada como tú?!
Isabel se enjugó las lágrimas. Hastiada de verlos discutir sin llegar a ningún lado, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Ya basta! ¡Dejen de pelear! Si es necesario, mi hermano y yo cancelamos los planes de irnos a estudiar al extranjero. Nos podemos quedar a estudiar aquí en el país...
¡Zas!
Apenas terminó la frase, Penélope le propinó una tremenda bofetada que le volteó la cara:
—¡¿Qué clase de ridiculez es esa?! Te falta solo un año para graduarte y conseguir ese maldito título, ¡¿y me vienes con que ya no quieres ir?! Entonces dime, ¡¿para qué me humillé yendo a rogarle dinero a la familia Ramírez si ahora vas a salir con estas tonterías?!
Con el corazón roto y la desesperación pintada en los ojos, Isabel le lanzó una mirada llena de dolor a su madre y salió corriendo por la puerta, con el rostro bañado en lágrimas.
Temblando de rabia, Penélope señaló hacia la puerta por donde había desaparecido su hija. Luego, se dejó caer al suelo y comenzó a llorar a gritos:
—¡Nadie sufre tanto como yo! He dejado el alma entera por esta familia, y al final, ¡resulta que solo he criado a una bola de malagradecidos! ¡¿Cómo se supone que voy a salir adelante después de esto?! Mejor me hubiera muerto...
Al ver el berrinche escandaloso que estaba armando, Joaquín arrugó la frente hasta casi juntar las cejas.
Se puso de pie lentamente, con la intención de marcharse para dejarla sola.

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