Erika intentó tomar la charola, pero Adrián se adelantó y entró a la habitación.
—No te quedes ahí parada, ven a comer. No cocino muy bien, así que conformate con esto por hoy. Más tarde me pondré a buscar a alguien para que nos ayude con las comidas —le decía Adrián mientras caminaba.
Erika se sentía cada vez más apenada, pero no encontraba las palabras adecuadas.
Se sentó con cuidado y Adrián, muy caballeroso, le sirvió un poco de sopa y se la puso enfrente.
—¿Descansaste bien anoche?
Erika asintió.
—Sí, dormí de corrido. Gracias por todo, Adrián.
—¡Híjole! Te dije que dejaras de agradecer. Estoy seguro de que si cualquiera de nosotros tres estuviera en una situación así, los demás no dudaríamos en apoyarlo.
Sus palabras lograron relajar un poco a Erika.
Mientras daba pequeños sorbos a su comida, recordó una duda que no la había dejado tranquila.
Cuando terminó casi todo, decidió ir al grano:
—Adrián, quiero preguntarte algo. ¿Te acuerdas de Carla? La otra vez ella me dijo que fuiste tú quien le consiguió el trabajo en Estudio Blanco porque yo te lo había pedido. ¿Cómo está eso...?
Adrián bajó los cubiertos lentamente y le contestó con voz suave:
—Eri, perdóname, pero hay cosas que te he estado ocultando. En realidad, soy uno de los accionistas de Estudio Blanco.

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