Justo entonces, el celular que le había dado Martina comenzó a sonar.
Erika contestó apresurada:
—Marti...
Desde el otro lado de la línea, su amiga preguntó con cariño:
—¿Qué tal? ¿Ya te vas acostumbrando al lugar?
Erika trató de recomponerse y respondió con un tono relajado:
—Me encanta. El lugar que me consiguieron es precioso.
Sin embargo, apenas dijo eso, la emoción la dominó de nuevo y añadió con la voz entrecortada:
—Marti... Si no fuera por ti, no sé qué habría sido de mí...
—¡No digas tonterías! Somos amigas para toda la vida, déjate de formalidades. Por cierto, la última vez que fui me fijé en tu calle; venden de todo por ahí, así que vivirás muy a gusto. Cuando se acerque la fecha de tu parto, te conseguiré una clínica de maternidad de primer nivel. Tú solo preocúpate por descansar y cuidar a los bebés; olvídate de lo demás —la consoló Martina con suavidad.
Erika hizo una pequeña pausa.
—Oye, Marti... Cuando tengas un chance, pásame la cuenta de todo lo que compraron estos días.
—Ah, sobre eso... Adrián no me dejó pagar ni un peso. Todo lo que hay en el jardín y dentro de la casa lo compró él.
Al escuchar eso, Erika se sintió todavía más apenada y se apresuró a preguntar:
—¿Y más o menos cuánto crees que fue en total?
Martina no le dio importancia:
—¿Para qué quieres saber eso? Estás pasando por una situación especial, así que no te angusties por cosas materiales. Además, ahora no tienes trabajo; ahorra el dinero que te queda para cuando nazcan tus hijos.
Pero Erika insistió:
—No puedo hacer eso, Marti. Ya les he dado demasiados dolores de cabeza a Adrián y a ti como para encima dejar que me pague todo.
Martina soltó un suspiro:

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