A medida que su barriga crecía, el ginecólogo le recomendó que caminara más.
Así que, de vez en cuando, salía a dar una vuelta con la cuidadora.
Ese día, Erika salió a comprar algunas provisiones en compañía de la mujer.
Al pasar por un pequeño puente, se detuvo, maravillada por la arquitectura colonial y la belleza del lugar.
De pronto, las voces de unos turistas llamaron su atención.
—Tomarnos una foto todos juntos va a estar difícil, ya casi nadie sabe usar estas cámaras antiguas de blanco y negro.
Erika volteó a mirar. Un muchacho más o menos de su edad sostenía una cámara clásica; era toda una reliquia.
Efectivamente, muy pocos sabían manejar algo así.
La mirada de Erika pasó hacia la pareja de esposos y a la joven que estaban frente a él.
La muchacha le dijo con tono caprichoso: —Hermano, te dije que no trajeras esa cámara, pero no haces caso. Ya nadie juega con esas antigüedades. Todo el mundo trae cámaras digitales o, más fácil, toman fotos con el celular.
El muchacho le respondió con calma:
—No es lo mismo. A mí me encanta cómo salen las fotos en blanco y negro con rollo; tienen un toque rústico, algo vintage y muy artístico. Pero bueno, ni modo, les tomaré fotos así y dejamos la familiar para después.
La joven insistió de forma mimada: —¡Ay, no, hermano! Somos cuatro en la familia, no nos vamos a tomar una foto nada más tres.
Al escuchar esto, Erika dudó un segundo, pero terminó acercándose:
—Disculpen... si quieren, yo les puedo tomar la foto.
El muchacho volteó y sus ojos se iluminaron: —¿De verdad? ¿Sabes usarla? ¡Qué maravilla!
Erika asintió de manera cortés.
En ese momento, la cuidadora intervino: —Señorita, ya se nos está haciendo tarde, deberíamos regresar a casa.
Erika asintió, miró a Leonardo y le dedicó una leve sonrisa: —Una disculpa, tengo que irme. Que disfruten su viaje.
Dicho esto, dio media vuelta y empezó a caminar.
Ya le había dejado claro a la señora de limpieza que, si alguien trataba de hacerle plática, buscara alguna excusa para sacarla de ahí.
Rara vez salía de casa y, cuando lo hacía, era su acompañante quien se encargaba de preguntar precios o platicar en las tiendas.
Sin embargo, ese día, al ver la cámara y a esa familia tan unida, no pudo aguantar las ganas de ayudar.
Ella había aprendido a usar ese equipo gracias a su antiguo maestro de fotografía.
Desde entonces, jamás había vuelto a cruzarse con un modelo así por la calle.

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