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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 271

—¡Señorita Quintana!... ¿Me podría dar su contacto?

Erika apenas había dado un par de pasos cuando escuchó que Leonardo la llamaba por detrás.

Ella giró despacio y se topó con una sonrisa resplandeciente. En ese instante fugaz, le pareció ver al Valerio del pasado.

Él también solía sonreír así, con la luz del sol cayéndole encima y los ojos llenos de vida.

—¿Señorita Quintana?

La voz de Leonardo la devolvió a la realidad, provocando que su espalda se tensara.

¿Por qué demonios se había acordado de ese imbécil? De seguro ya se le había zafado un tornillo.

Mientras ella intentaba reponerse, el muchacho ya la había alcanzado.

—¿Me pasa su WhatsApp, si no es molestia? Llevo poco tiempo con esta cámara y me gustaría hacerle un par de preguntas si me atoro con algo.

Erika declinó la oferta con una leve sonrisa: —Solo sé lo básico. Lo siento, me tengo que ir.

Erika volvió a dar la media vuelta, pero en ese momento escuchó el inconfundible clic de la cámara a sus espaldas.

Se giró de inmediato y escuchó otro clic.

La amabilidad desapareció por completo de su rostro.

Leonardo balbuceó: —No, no, espere, solo estaba tomando unas fotos del paisaje...

Al ver que ella estaba a punto de marcharse de nuevo, se apresuró a añadir:

—Señorita Quintana, aquí adelante hay una cafetería. ¿Me dejaría invitarla un café como agradecimiento? ¿Qué le parece?

Erika le lanzó una mirada indiferente, se ajustó un poco la blusa para hacer más evidente su barriga de embarazada y contestó:

—Lo siento, estoy embarazada. No tomo café.

Leonardo asintió: —Sí, ya me había dado cuenta hace rato. Pero en la cafetería también sirven leche. ¿Se anima?

Erika se quedó pasmada. Pensaba que él insistía tanto porque quería coquetearle.

Por eso había jalado la ropa hace un momento, por si su panza no era lo suficientemente clara.

Resultó que él ya había notado su embarazo desde antes.

Al percatarse de esto, su actitud a la defensiva bajó un poco, aunque no cedió:

Erika estaba sentada bajo la sombra de un árbol en el patio, escuchando música para la estimulación del bebé.

De la nada, escuchó que alguien tocaba la puerta de la calle, con golpes ni muy fuertes ni muy suaves.

Erika frunció el ceño, se acercó despacio y preguntó con voz cautelosa:

—¿A quién busca?

La persona afuera no contestó y volvió a tocar un par de veces con el mismo ritmo tranquilo y educado.

Por seguridad, Erika volvió a repetir la pregunta:

—Disculpe, ¿a quién busca?

Finalmente, la persona al otro lado respondió:

—¿Es la casa de la señorita Quintana? Nos conocimos hace medio mes. Usted me ayudó a tomar unas fotos, ¿se acuerda? Soy Leonardo.

Erika se quedó de una pieza.

¿Cómo diablos había dado con su casa?

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