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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 272

En medio de su confusión, la voz de Leonardo volvió a sonar:

—La foto que nos tomó quedó espectacular. A mi mamá le fascinó, así que me mandó para acá a probar suerte, a ver si lograba encontrarla para darle las gracias en persona.

Erika dudó unos segundos, pero al final abrió la puerta lentamente.

Leonardo la recibió con una enorme sonrisa en la entrada y preguntó con mucha cortesía:

—¿Puedo pasar?

Al verla dudar, añadió con una sonrisa: —Si no me corres, me doy por invitado.

Dicho esto, entró caminando hasta el patio y dejó las bolsas que traía cargando sobre la mesa redonda.

Mientras echaba un vistazo alrededor, exclamó sorprendido: —¡Híjole, qué casota! Esto es el mismísimo paraíso.

Erika lo observó de reojo y, al ver la puerta abierta, decidió no cerrarla.

Se acercó despacio y notó que todas aquellas bolsas eran de marcas muy exclusivas.

Solo le había tomado una foto; eso era de lo más común en los lugares turísticos.

¿A qué venía tanta insistencia y tantos regalos de lujo?

—¿Cómo supiste dónde estaba? —preguntó Erika a la defensiva.

Leonardo seguía entretenido mirando las plantas mientras respondía:

—Aquel día vi que desapareciste por esta calle, así que fui tocando puerta por puerta. En todas me decían que no vivía ninguna Quintana. Solo tú preguntaste a quién buscaba.

A Erika le dio un poco de gracia su atrevimiento: —¿Y cómo sabías que no era una simple turista?

Leonardo contestó: —¿Ya se te olvidó? Ese día la señora que venía contigo te dijo que ya debían irse a casa.

Erika se encogió de hombros: —Eso tampoco significa que no esté aquí de visita.

Leonardo se cruzó de brazos y puso una cara de orgullo, como si fuera un niño chiquito, y contestó:

—Pues ni modo, el caso es que le atiné.

Tomó el sobre despacio, lo abrió con suavidad y sacó la fotografía.

Se quedó sin palabras. Sin querer, deslizó las yemas de sus dedos sobre la imagen.

Sintió esa textura granulada tan única, que parecía traer consigo los rastros del tiempo.

Los contrastes del blanco y negro en la imagen eran perfectos, y las sombras tenían mucha profundidad.

A eso había que sumarle la elegancia de las personas, además de esa preciosa arquitectura colonial, el pequeño puente y el agua de fondo...

Era como admirar un cuadro clásico, con una vibra natural pero repleta de estilo artístico.

Definitivamente, era la mejor foto que había sacado en su vida.

—¿Qué te parece? ¡Capturaste exactamente la esencia que andaba buscando! ¡Todo el que la vea se va a quedar mudo de la sorpresa! —exclamó emocionado Leonardo.

Erika, sin despegar la vista del papel, no dejaba de asentir y, en un tono suave, preguntó:

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