—No, para nada. Es que mi mamá ya despertó y quiere ver a Eri —se defendió Adrián—. Bajé y desde lejos escuché cómo andabas maldiciendo a los hombres.
Al escuchar esto, Erika se levantó del sillón rápidamente:
—Voy a checar cómo sigue tu mamá, platiquen ustedes.
Ambos asintieron. Cuando vieron que Erika subía las escaleras, Adrián se sentó lentamente junto a Martina. Tras un momento de silencio, su voz se tornó muy grave:
—¿Eri está bien?
Martina le dio un sorbo a su café, se limpió la boca y le lanzó una sonrisa pícara:
—¿Acaso quieres que le pase algo?
Adrián frunció el ceño:
—Te lo pregunto en serio.
Martina le dio un manotazo amistoso y se rió:
—¿Y luego? Si no te pones las pilas ahorita, ¿te vas a esperar hasta que te jubiles? Porque la verdad, no tengo ni idea de si ese Leonardo tiene otras intenciones con Eri.
Adrián se alteró de inmediato y empezó a hablar muy rápido:
—¿Qué no ese chavo tiene novia? ¿Cómo está eso? ¿Le gusta Eri?
—Acabo de decirte que no estoy segura, no me consta —respondió Martina—. Pero la verdad es que la trata demasiado bien.
Mientras hablaba, sacó su celular de la bolsa de sus jeans, abrió una red social y se lo mostró a Adrián:
—Mira, alguien les tomó esta foto a escondidas hoy cuando bajaron del avión. ¡La está abrazando por los hombros! Si sigues sin animarte a hablar, ten cuidado, porque alguien más te la va a ganar.
—Y tú... no es por echarte tierra, pero llevas enamorado de ella toda la vida. Cuando se casó, pues ni modo, ya no podías hacer nada. Pero ya lleva años divorciada y tú ni siquiera te atreves a abrir la boca... Si sigues dándole largas, ni en tu próxima vida te va a tocar turno. Adrián, de plano eres un cobarde.
Adrián se quedó mudo ante los reclamos de Martina.
Desde el momento en que Erika escapó de la mansión Ramírez y se mudó a Villa Maculís, él ya tenía un plan armado.
Su intención era quedarse a vivir ahí para cuidarla.
Esperaba que, conviviendo con ella todos los días, poco a poco olvidara su pasado y, entonces, le propondría matrimonio.
Pero Erika jamás quiso que se quedara. Todos los días, sin falta, le decía que se regresara a Solara.
Por miedo a que terminara harta de él, no le quedó de otra más que irse.

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