Cuando Erika tuvo a sus hijos, tuvo que recuperarse físicamente y al mismo tiempo hacerse cargo de los bebés.
Adrián iba a visitarla de vez en cuando, y ella casi siempre tenía la misma cara de agotamiento por no haber dormido bien.
En más de una ocasión le dio a entender que quería cuidarla, pero la actitud de Erika dejaba muy claro que la respuesta era un no.
Tiempo después, cuando los niños ya estaban un poco más grandes, quiso buscar una oportunidad para declarársele formalmente. Sin embargo, ella se volcó por completo en el trabajo y usaba todo su tiempo libre para estar con sus pequeños.
Cada vez que la invitaba a salir, ella le contestaba que estaba demasiado ocupada.
Tomando en cuenta esa actitud tan distante, él no se atrevía a confesarle lo que sentía.
Sin embargo, después de todo el análisis que acababa de hacer Martina, empezó a sentir un verdadero sentido de alerta.
Tras una breve pausa, Adrián confesó con torpeza:
—Marti, es que si le digo lo que siento y me rechaza... me da pavor que ni siquiera podamos seguir siendo amigos.
Martina se dio un golpe en la frente y comentó con sarcasmo:
—¡Ay, por favor! ¿Dónde quedó toda esa actitud que tienes para los negocios? Ahí sí eres un cabrón, bien decidido y te comes el mundo. ¿Cómo es que te da tanto pánico una simple declaración? Si ni siquiera le has dicho nada, ¿cómo sabes que te va a mandar al diablo? Y si lo hace, ¿qué tiene de malo? Sigue siendo mil veces mejor que cruzarte de brazos y ver cómo se casa con otro tipo. En fin, ya me cansé. Ya te dije lo que te tenía que decir, es tu problema si no quieres hacer nada.
Adrián sonrió con amargura:
—Me estás animando a que la conquiste, pero hace ratito andabas diciendo que ningún hombre vale la pena. Ya estás malinfluenciando a Eri.
Martina tomó una uva y se la aventó sin dudar:
—¡Oye! Ni siquiera has intentado nada y ya me estás echando la culpa. Ten cuidado o te voy a empezar a poner el pie.
***
En el piso de arriba.
La madre de Adrián tomó la mano de Erika y no la soltó durante un largo rato.


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