Cuando Erika terminó de hablar, ya casi habían terminado de comer.
Sintió que con esa información era más que suficiente para dejar las cosas claras.
—Adrián, me regreso a trabajar. Acuérdate de venir con Marti en la noche para que nos tomemos unos tragos los tres.
Él no respondió. Justo cuando Erika abría la puerta del coche, preguntó con voz apagada:
—¿De verdad piensas casarte con él?
Erika, que apenas había puesto un pie en el suelo sin llegar a levantarse, sintió un vuelco en el corazón al escuchar tanta tristeza en su voz.
No quería lastimarlo, pero... a veces el dolor era inevitable.
Erika bajó del coche con naturalidad, se inclinó para mirar hacia adentro y le dijo a Adrián:
—Sí, si veo que vale la pena, lo voy a considerar.
—Eri... —Adrián la miró con los ojos llenos de desánimo, como si quisiera decirle algo más pero no se atreviera.
Erika fingió que tenía prisa y se miró el reloj en la muñeca:
—Adrián, ya se me hace tarde, platicamos en la noche. No se te olvide pasar por Marti.
Dicho esto, cerró la puerta de golpe y caminó hacia el edificio de oficinas de Leonardo sin mirar atrás.
Mientras tanto, Adrián se quedó petrificado en el asiento del conductor, incapaz de moverse durante un largo rato.
Las palabras de Erika le daban vueltas en la cabeza una y otra vez.
Le daba coraje no haber tenido el valor de declarársele. Ahora ella estaba con alguien más, y si se casaba, perdería su oportunidad para siempre.
***


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