Erika lo acompañó hasta la entrada. Tras ponerse los zapatos, Leonardo se detuvo con la mano sobre la perilla de la puerta.
Volteó a ver a Erika por un par de segundos y le dijo:
—Eri, sabes que desde hace tiempo te considero como a una hermana. Si tienes algún problema, no me lo puedes ocultar.
Erika apenas le sonreía para responder que "no pasaba nada", cuando Leonardo añadió:
—Mi influencia es mucho mayor de lo que te imaginas, puedo protegerte de cualquier cosa.
Al escuchar esas palabras, a Erika se le hizo un nudo en la garganta y por poco rompe a llorar porque le ganó la emoción.
Aunque no compartieran lazos de sangre, él le hacía sentir el cálido respaldo de un hermano mayor.
A veces, el destino obraba de maneras muy extrañas.
El día que conoció a Leonardo, juraba que era un típico mirrey mujeriego.
Incluso aquella vez que él fue a buscarla, Erika creía que tenía alguna segunda intención.
Más adelante, se dio cuenta de que de verdad era un apasionado de la fotografía y que su admiración por su trabajo era sincera.
Con el tiempo, Erika comenzó a sentirse mucho más relajada con él.
—¡Oye, ya estás muy grande para llorar! —dijo Leonardo—. ¿Segura que no pasó nada? Si no me cuentas, te lo voy a preguntar directo... ¿Él te buscó?
—Para nada. Es solo que me siento muy feliz de haber conocido a alguien tan bueno. Ya vete, maneja con cuidado. —Erika se limpió rápido los ojos, fingiendo estar muy animada.
Leonardo, todavía medio incrédulo, insistió:
—¿Segura que no pasa nada?
Erika asintió mirándolo con mucha convicción y respondió con un tono de voz firme:
—Sí, de verdad. Ándale, ya vete. Nos vemos mañana en la oficina.
—Sale. Descansa.
Al ver que Leonardo se alejaba, Erika por fin pudo soltar un suspiro de alivio. Regresó a la sala y le dijo a Amelia con suavidad:
¿Por qué no se lo había dicho a Leonardo? ¿Por qué la buscaba a ella a solas? ¿Acaso había pasado algo?
Fue inevitable que recordara la escena que presenció en el restaurante La Cúpula.
¡Definitivamente era ella! ¿Pero a quién se había ido a encontrar?
***
Al día siguiente. Hacía un clima espectacular.
Los niños se despertaron y sus voces dulces e infantiles llenaron toda la casa de alegría.
Amelia no dejó que las dos niñeras hicieran su trabajo; se encargó de lavarles la cara y los dientes a los pequeños con mucho entusiasmo.
Mientras tanto, Erika se había despertado media hora antes. Después de arreglarse rápidamente, se metió en la cocina para prepararles el desayuno ella misma.
Como la noche anterior había fallado en su promesa de cenar con ellos, se había quedado con el remordimiento.

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