Erika lo acompañó hasta la entrada. Tras ponerse los zapatos, Leonardo se detuvo con la mano sobre la perilla de la puerta.
Volteó a ver a Erika por un par de segundos y le dijo:
—Eri, sabes que desde hace tiempo te considero como a una hermana. Si tienes algún problema, no me lo puedes ocultar.
Erika apenas le sonreía para responder que "no pasaba nada", cuando Leonardo añadió:
—Mi influencia es mucho mayor de lo que te imaginas, puedo protegerte de cualquier cosa.
Al escuchar esas palabras, a Erika se le hizo un nudo en la garganta y por poco rompe a llorar porque le ganó la emoción.
Aunque no compartieran lazos de sangre, él le hacía sentir el cálido respaldo de un hermano mayor.
A veces, el destino obraba de maneras muy extrañas.
El día que conoció a Leonardo, juraba que era un típico mirrey mujeriego.
Incluso aquella vez que él fue a buscarla, Erika creía que tenía alguna segunda intención.
Más adelante, se dio cuenta de que de verdad era un apasionado de la fotografía y que su admiración por su trabajo era sincera.
Con el tiempo, Erika comenzó a sentirse mucho más relajada con él.
—¡Oye, ya estás muy grande para llorar! —dijo Leonardo—. ¿Segura que no pasó nada? Si no me cuentas, te lo voy a preguntar directo... ¿Él te buscó?
—Para nada. Es solo que me siento muy feliz de haber conocido a alguien tan bueno. Ya vete, maneja con cuidado. —Erika se limpió rápido los ojos, fingiendo estar muy animada.
Leonardo, todavía medio incrédulo, insistió:
—¿Segura que no pasa nada?
Erika asintió mirándolo con mucha convicción y respondió con un tono de voz firme:
—Sí, de verdad. Ándale, ya vete. Nos vemos mañana en la oficina.
—Sale. Descansa.
Al ver que Leonardo se alejaba, Erika por fin pudo soltar un suspiro de alivio. Regresó a la sala y le dijo a Amelia con suavidad:



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