Podía parecer algo sin importancia, pero Erika intentaba a toda costa no romper sus promesas con los niños.
Llenó la mesa con sus platillos favoritos y, al ver cómo se lo comían todo con tantas ganas, al fin sintió que había cumplido.
Al terminar, acompañó a la camioneta escolar para dejarlos en el kínder, y de ahí se fue con Amelia al estudio Tiempo Efímero.
Esa mañana, en la casa de Erika se respiraba un ambiente lleno de risas y armonía.
Sin embargo, en una de las habitaciones del Hospital Santa María, el caos reinaba sin control.
Diego llegó a la puerta de la habitación con unos regalos, justo cuando vio a Penélope, con las manos en la cintura, regañando a gritos a Samuel, quien estaba en la camilla:
—¡Eres un bueno para nada! Desde que volvimos al país, mírame nomás todos los problemas en los que me has metido. ¡Un escándalo tras otro! ¡Con lo poquito que saca la pinche empresita de tu padre, ¿crees que nos alcanza para andar tapando tus porquerías?! ¿En qué broncas te fuiste a meter ahora para que te dejaran hecho una miseria?!
Diego se quedó en silencio ante la escena.
A través del ventanal de la puerta de la habitación, examinó la situación con cuidado.
Después del tratamiento, Samuel tenía un collarín médico, la cabeza vendada y una de sus piernas, enyesada, colgaba suspendida en el aire.
Samuel parecía ignorar por completo la furia de Penélope y le contestó con fastidio:
—Ay mamá, ya bájale, ¿no? Ya me tienes harto con tus sermones, hasta me duele la cabeza...
A un lado estaba Isabel Milán, quien estaba tan enfurecida como Penélope, y no dudó en darle un manotazo en la pierna que Samuel tenía sana:
—¿Te duele la cabeza? ¡Lástima que no te mataron a golpes!
—¡Eres una malagradecida! ¿Acaso crees que ha sido fácil criarlos? Samuel está en problemas, ¿y no te importa ayudar? ¡Es el único hijo varón de esta familia! ¿De verdad tienes el corazón para dejar que esa bola de matones se lo lleven? Si no fuera por él, ni creas que habrías podido ir a estudiar al extranjero...
Isabel se tapó la mejilla adolorida. Miró a Penélope con los ojos llenos de lágrimas, sin poder creerlo, y le gritó con los labios temblorosos:
—¡Yo lo sabía! ¡Sabía que me mandaste al extranjero no para que tuviera un mejor futuro, sino porque no querías que Samuel estuviera solo allá!
Completamente alterada y sin poder contener el llanto, Isabel siguió gritando:
—Antes le exprimías todo el sueldo a Erika y le sacabas provecho a la familia de su esposo. ¡Pero ahora que ella no está, te la agarras conmigo, tu propia hija! ¡No sé cómo me tocó una madre como tú! Y otra cosa: ¡sobre ese matrimonio por conveniencia que me quieres imponer, no lo voy a aceptar! ¡Primero muerta!
Dicho eso entre sollozos y gritos, Isabel salió corriendo de la habitación.

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