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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 374

Diego, que había estado observando todo desde afuera, se dio la vuelta rápidamente y fingió que se dirigía a otro cuarto.

Isabel atravesó el pasillo a toda velocidad y desapareció en un instante.

Diego se quedó en el pasillo, frunciendo el ceño mientras le daba vueltas a lo que acababa de escuchar.

Le llamó la atención aquella frase que había dicho: «Pero ahora que ella no está, te la agarras conmigo, tu propia hija».

Eso era muy extraño...

Entre más lo pensaba, más sentía que había gato encerrado en todo ese asunto, así que regresó a la puerta de la habitación.

Adentro, Penélope estaba tirada en el suelo llorando a moco tendido.

Joaquín, que no había dicho una sola palabra en todo este tiempo, mantenía la mirada fija en el suelo, con la mente en blanco.

Samuel se rascó la cabeza y dijo bastante irritado:

—Si no me quieren ayudar, entonces ya lárguense. Solo están haciendo un escándalo. ¿Según ustedes vinieron a cuidar a un enfermo? ¡Necesito descansar y ustedes nomás se la pasan gritando! ¡Puta madre, me duele todo el pinche cuerpo!

Al ver que parecía que iban a volver a pelearse, Diego pensó que lo mejor era retirarse un momento.

Sin embargo, Penélope se limpió las lágrimas, se levantó del suelo y le rogó con voz desgarradora:

—Ay, Samuel, por favor ya madura un poco. Tu padre y yo ya estamos viejos para estar lidiando con tus tarugadas...

Diego no daba crédito al escuchar a Penélope hablando con ese tono tan comprensivo. Tratándose de un hijo tan problemático, lo normal habría sido meterlo en cintura en lugar de hablarle con tanta blandura.

Como la situación adentro ya lo estaba cansando, cambió de estrategia. Lo mejor era buscar a Isabel...

Hace un tiempo, a Isabel se le había olvidado el celular en la mansión Ramírez.

Él mismo había ido a devolvérselo. En esa ocasión, Isabel se empeñó en que intercambiaran números, y Diego no se tomó la molestia de borrarlo.

Habían pasado un par de años, así que no estaba seguro de si Isabel seguía teniendo el mismo teléfono.

Con eso en mente, sacó su celular y le marcó.

La llamada entró.

—Señorita Isabel, ¿qué le pasó? ¿Por qué estaba llorando? ¿A poco su hermano se puso más grave?

—Es que, Diego... —Isabel aún tenía la voz entrecortada, dudando si debía abrir la boca o no.

Para sacarle la sopa, Diego sugirió con cuidado:

—Se nota a leguas que trae un buen problema. Cuénteme con confianza, igual y hasta la puedo ayudar.

En el fondo, Diego sabía perfectamente que hacer un comentario así le iba a terminar costando dinero.

Pero era el precio que tenía que pagar con tal de hacer que Isabel soltara la información que necesitaba.

Esa familia Milán sí que era un caso perdido...

Definitivamente el abuelo Ireneo solo valoraba a Erika, haciendo de la vista gorda con los problemas que venían cargando los Milán.

Al ver que Isabel sostenía los regalos luciendo muy indecisa, se apresuró a agregar:

—¿Me dijo que estaba en el jardín hace rato? Aquí hay demasiada gente. ¿Le parece si nos vamos para allá un rato? De todos modos, yo solo vine por órdenes del señor Ramírez. Por mucho que Erika ya no esté con nosotros, si su familia está pasando por un mal rato, él no va a dudar en echarles la mano.

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