Isabel asintió.
—Lo sé muy bien, de no ser por Valerio yo ni siquiera tendría trabajo. Pero al final de cuentas, me queda claro que él no tiene intenciones de hacer más por nosotros... —Señaló a lo lejos—. La salida está para allá, Diego.
Salieron al jardín y se sentaron en una banca bajo la sombra de un árbol.
Diego retomó la conversación:
—¿Tan grave estuvo la golpiza a su hermano? ¿O pasó algo en su familia?
La mirada de Isabel se llenó de tristeza. Hizo una pausa y le confesó entre sollozos:
—Es que mi hermano es un dolor de cabeza, de verdad. Ya casi vacía las cuentas del banco de mis papás, y no le ha bastado con eso, ya lleva más de un año sacándome todo el dinero que cobro en mi trabajo. Si no le doy mi sueldo, mi mamá va y me arma un escándalo al set de grabación. Yo me metí a la actuación con la ilusión de triunfar en televisión algún día, pero ¡vea nomás! Por los berrinches de mi mamá, ahora resulta que le caigo en la punta del hígado al productor y cada vez me habla menos hasta para ser un miserable extra...
Isabel dejó los regalos en la banca y continuó su descarga emocional:
—Y así llevo más de un año. El mero día de la quincena, de cajón tengo que darle la mitad del dinero a mi mamá. Hay veces que le termino dando todavía más. Dejé de comprar ropa decente y cremas; ahora puro producto chafa... Varias veces le propuse a mi mamá que buscara a Valerio para pedirle dinero, pero ahora, no sé por qué, le tiene pánico a Valerio y no se anima. Incluso nos prohibió tajantemente decir que nuestra familia está emparentada con la familia Ramírez.
Diego se quedó en silencio, escuchando la letanía de quejas de Isabel.
Evidentemente Penélope tenía miedo. Valerio ya había dejado muy claro antes que, si tenían problemas, él decidiría si los ayudaba o no.
Pero si andaban diciendo a los cuatro vientos que estaban emparentados con la familia Ramírez, se les iba a armar un buen problema.
En el fondo, Diego sabía muy bien que el temor de Valerio era que Penélope anduviera presumiendo sus conexiones con ellos para tratar de sacar provecho, terminando por ensuciar el nombre de la familia Ramírez.
Diego frunció el ceño para debatirle:
—¿Eso cómo va a ser posible? Si siguiera con vida, ¿por qué iba a andar escondiéndose tanto de su propia familia como del señor Ramírez? Además, fui yo quien pasó por ahí anoche. Me pareció reconocer a su hermano tirado y fui yo quien lo trajo aquí. Nomás lo vi a él arrumbado a media calle. Si fuera cierto que se topó con Erika, ¿a poco ella lo iba a dejar botado a su suerte en plena banqueta?
Llena de dudas, Isabel le dio la razón con la cabeza.
—Diego, pues sí tiene razón. Erika era tan buena persona que no creo que haya dejado a Samuel morir ahí en la calle... Además, todo el mundo nos dijo que mi hermano, con el puro desmayo, ya andaba alucinando y medio zafado.
—Ha de haber sido eso, segurito —dijo Diego—. Ya tengo mucho recorrido, y seguido veo que la gente, después de una buena golpiza, termina toda fuera de sus cabales.
Con esa pequeña charla, Diego sintió que ya había logrado ganarse un poco la confianza de Isabel.

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