—¡Hecho! Entonces maneja con cuidado. —Ricardo fue muy directo; tras decir eso, se bajó del coche.
Erika bajó un poco su ventana y le aventó la caja de regalo que había dejado abandonada en medio de los asientos:
—No acepto regalos si no me los he ganado. Mejor llévatelo y dáselo a alguna otra chica.
Ricardo, que tenía buenos reflejos, atrapó la caja en el aire. Se recargó en la ventana y preguntó con el ceño fruncido:
—¿Ni siquiera vas a ver qué es?
—No hace falta. Gracias, nos vemos. —Erika le indicó con la mirada que quitara la cabeza y subió el cristal de nuevo.
El auto salió disparado del estacionamiento y, tras quince minutos de trayecto, llegó al fraccionamiento Villa Costa Azul.
Erika subió a su departamento, pasó un rato jugando con sus hijos y luego se encerró en su cuarto para llamar a Martina.
—Marti, ¿sigues en la ciudad? ¿O saliste de viaje de negocios?
En ese instante se escuchó la voz de Martina del otro lado de la línea: —Estoy aquí en la oficina, haciendo horas extras. ¿Qué pasó? ¿Ya me extrañabas?
Erika soltó una ligera carcajada. —Claro que sí. De verdad eres un ejemplo a seguir para mí. ¡¿A poco sigues trabajando a esta hora?! —Revisó el reloj y añadió de inmediato—: Quédate ahí en tu empresa, yo te llevo algo de cenar ahorita.
—¡No, no, no! Por lo que escucho ya estás desocupada, así que mejor dedícale ese tiempo a mis niños preciosos —dijo Martina riendo.
Como Martina lo había rechazado, Erika no quiso insistir. A estas alturas de su amistad, ya no tenían necesidad de andarse con cortesías tontas. Si Martina de verdad hubiera tenido hambre, seguro le habría gritado: «¡Apúrate y cómprame algo de comer!».
Erika fue directo al grano: —Mañana en la noche voy a ir a una gala. ¿Tienes tiempo libre? ¿Vamos juntas?
Al escuchar eso, Martina levantó la voz de inmediato:
—¡¿Eri, qué bicho te picó?! ¡A ti nunca te ha gustado ir a esos eventos!
Erika decidió no darle más detalles, recordando que seguía trabajando.
Se limitó a platicarle muy por encima sus nuevos planes para su carrera, y luego dijo:



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