Aunque las palabras de Vanesa sonaban altaneras, Erika podía percibir que en realidad se estaba aguantando el coraje.
Erika esbozó una ligera sonrisa, se inclinó un poco y le preguntó en voz baja a Ricardo:
—¿Le sobran invitaciones?
Martina, que estaba pegada a Erika, se quedó confundida al escuchar eso y le advirtió:
—Eri, no vayas a hacer una locura...
Erika le dirigió una mirada que decía «sé lo que hago», y Martina prefirió guardar silencio.
Ricardo, al notar el sutil intercambio entre ambas mujeres, también bajó la voz y respondió:
—Tener sí tengo, El punto es que...
—Entonces le pido de favor que me dé otra —lo interrumpió Erika suavemente.
—Deme dos minutos —dijo Ricardo.
Dicho esto, se dirigió rápidamente hacia su coche.
Erika volvió la mirada hacia Vanesa, que seguía plantada en el mismo sitio, echando vistazos tanto a la puerta como a la propia Erika.
Erika le dijo con total calma:
—Tengo una invitación de sobra. ¿La quieres?
Vanesa, evidentemente sorprendida, se quedó pasmada; pero segundos después, puso cara de desconfianza:
—¿Me vas a dar una invitación por pura bondad? Seguro quieres que estire la mano para luego decirme que era broma, ¡¿verdad?! ¡A ti, Erika, te encantan estas dobles caras y tus jueguitos hipócritas! Si tienes invitación para entrar, métete de una buena vez y deja de estar de presumida.
Erika, restándole importancia, sonrió con dulzura. De reojo vio que Ricardo ya venía de regreso desde su coche, y añadió con tono neutro:


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