Era la misma que, haciéndose la mimosa con Martín, se empeñó en arrebatarle el brazalete...
Y en cuanto ella se colgó de su brazo, Martín se sacudió de inmediato y le reclamó en un tono muy serio:
—¿No te había dicho que te quedaras por allá? No andes pegada a mí.
Aunque Martín bajó la voz, todos lograron escucharlo con perfecta claridad.
La mujer resultó ser obediente; en seguida retiró el brazo y adoptó una postura un poco más decente.
Aquel día en el centro comercial, Erika traía puestos lentes, cubrebocas y gorra, así que Martín nunca supo que era ella; y obviamente, esa mujer tampoco la reconoció.
—Señora Romero, esta es mi acompañante del día de hoy, la señorita Lourdes. Espero que la señora Romero no lo malinterprete —explicó Martín con una sonrisa nerviosa.
Tal vez notando lo serio que se puso Martín, la tal Lourdes también inclinó levemente la cabeza a modo de saludo hacia Erika y Ricardo.
Erika lo miró fríamente. Qué descarado era al traer a otra mujer a plena vista y todavía hacerse el correcto; ese tipo no tenía nada de vergüenza.
Pero, viéndolo por el lado amable, eso le convenía.
Mientras ella no le dijera nada a su esposa, era seguro que Martín tampoco andaría divulgando por ahí que ella era la mamá de los niños del «Club Caramelo».
Alguien como él, con su experiencia en el mundo corporativo, seguro entendía las reglas del intercambio de silencios.
Aunque por dentro sentía asco por Martín, Erika mantuvo la sonrisa diplomática habitual de esas reuniones:
—No se preocupe por eso, señor Falcón. Los hombres y mujeres que asisten aquí suelen venir con algún acompañante. ¿Qué habría que malinterpretar?
—Así es, así es. Tiene toda la razón, señora Romero —Martín le dio la razón de inmediato con una inclinación servil.
Erika, sin ganas de prolongar la interacción, tomó del brazo a Ricardo y se alejó hacia otro lado.


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