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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 443

—Yo te lo puedo dar, pero tienes que portarte bien durante el examen.

Erika se quedó muda.

—¿De verdad?

La mano de Erika, que estaba limpiando las lágrimas de Alma, se quedó congelada en el aire. Vio cómo los ojos de la niña se iluminaban mientras miraba a Valerio y le preguntaba con absoluta seriedad.

—Por supuesto, yo nunca miento. Lo prometo por la garrita —aseguró Valerio con una sonrisa, extendiendo su dedo meñique hacia Alma.

Aunque todavía tenía lágrimas en los ojos, una sonrisa de sorpresa iluminó el rostro de la niña, quien también extendió su meñique.

Y así, frente a los ojos de Erika, un dedo grande y uno pequeño se entrelazaron en una promesa.

Al terminar, Alma estiró los brazos y abrazó a Erika.

—Mami, no estás triste, ¿verdad?

Erika, ocultando la tormenta de emociones que sentía, le mostró una sonrisa cálida y le dijo:

—Mami no está triste, mi cielo. ¿Nos hacemos el examen rápido?

Alma asintió. Con la ayuda del médico, se recostó lentamente. Aunque sus ojos aún mostraban algo de inquietud, parecía haberse llenado de valentía.

Erika vio cómo el médico presionaba el botón y Alma se deslizaba suavemente dentro de la máquina.

Se dio la vuelta rápidamente hacia un rincón vacío de la habitación y, con un movimiento ágil, se secó una lágrima que se escapaba de su ojo.

Todo este tiempo había creído que sus hijos eran tan maduros que no les importaba la ausencia de un padre.

Se equivocó. Y se equivocó de la peor manera.

El consuelo que un niño más anhela en medio del miedo, además del abrazo de su madre, es el del padre que llevan guardado en el corazón.

Por las palabras de Alma, Erika también comprendió que, por miedo a hacerla sufrir, sus hijos jamás mencionaban la palabra "papá" frente a ella.

Saber que los tres niños probablemente cargaban con ese mismo peso hizo que el corazón de Erika se rompiera un poco más.

Dominada por esos pensamientos, Erika levantó la mano y, de un manotazo, tiró el pañuelo al suelo. Luego, sin siquiera mirarlo, dio media vuelta y caminó hacia la máquina.

Valerio se quedó inmóvil, mirando el pañuelo caer. Frunció el ceño y apretó la mandíbula.

Desde que se reencontró con Erika, había recibido de ella una frialdad y un desprecio que jamás había experimentado en su vida.

Pero no tenía otra opción. Recordó cómo, hace años, ella se marchó con total determinación, prefiriendo vivir en el anonimato antes que quedarse a su lado...

Quería recuperarla, y la única forma de hacerlo era mantener la calma y avanzar poco a poco.

Después de un largo silencio, Valerio se inclinó, recogió el pañuelo, sacudió el polvo con cuidado, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo.

No lo recogió porque fuera un objeto lujoso o costoso, sino porque Erika se lo había comprado en el pasado.

Según los registros que Diego había investigado en su momento, ella había gastado lo último que le quedaba de su sueldo para comprárselo...

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