Entrar Via

La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 471

—Señorita Quintana, ya escuchó lo que dijo el señor Ramírez —dijo Diego Álvarez, excusándose—. Me lanzó una mirada fulminante. Si le abro la puerta, con ese carácter que se carga, me va a quitar el bono, o peor, me despide...

Martina le lanzó una mirada asesina y se quedó callada. No es que Diego la hubiera convencido, simplemente sintió que era inútil discutir con él.

Mientras tanto, Valerio Ramírez caminaba a paso apresurado hacia la entrada de la pequeña tienda. Solo al llegar vio a Erika, sentada en un banquito de madera junto a la puerta.

Unas cajas apiladas en la entrada se la habían ocultado de la vista. Había llegado con el corazón latiéndole a mil por hora, consumido por la angustia. Solo al verla en persona dejó salir un largo suspiro de alivio.

Pero Erika parecía haberse quedado dormida, acurrucada en la esquina de la pared, abrazándose a sí misma con fuerza.

Incluso dormida, la fatiga extrema en su rostro era innegable.

La mirada de Valerio se oscureció. Se acercó a Erika y se puso en cuclillas lentamente frente a ella.

En cuanto su mano grande apartó los mechones rebeldes de la frente de la joven, Erika frunció el ceño y abrió los ojos.

La mujer frente a él tenía los ojos inyectados en sangre, los bordes enrojecidos, revelando un agotamiento profundo y, mezclado con eso, un atisbo de terror.

Sus labios, resecos y agrietados, temblaron levemente, como si quisiera decir algo, pero no logró emitir ningún sonido.

Valerio deslizó un brazo por la espalda de Erika, atrayéndola hacia él con firmeza, mientras con la otra mano le tomaba la suya.

—No tengas miedo —murmuró con voz ronca, antes de inclinarse y depositar un suave beso en su frente.

Erika pareció reaccionar en ese momento. Frunciendo el entrecejo, lo empujó un poco y le preguntó con voz cansada:

—¿Dónde está Marti? ¿Qué haces tú aquí?

—Vamos, hablemos en el auto —respondió Valerio, levantándola en brazos sin previo aviso y caminando hacia el vehículo.

En el instante en que la alzó, a Erika se le nubló la vista. Apretó sus labios resecos y murmuró con dificultad:

—Bájame, puedo caminar sola.

—Diego, trae agua.

Mientras colocaba a Erika en el asiento trasero del auto, añadió en tono suave:

—No hables mucho ahora, descansa. Te llevaré al hospital.

Martina iba a subir en la parte de atrás para acompañar a Erika, pero Valerio ya se había subido junto a ella.

Pensó en dar la vuelta y subir por la otra puerta, pero en ese momento Diego, que ya había entregado el agua en el interior del auto, le dijo con tono serio:

—Señorita Quintana, mejor vaya en el asiento del copiloto, ¿no cree?

Siguiendo la mirada de Diego, Martina miró hacia el interior del auto. Valerio tenía a Erika abrazada contra su pecho, dándole de beber de una botella de agua con una ternura infinita.

Y Erika estaba acurrucada, blanda, como si le hubieran robado todas las fuerzas. Parecía estar en peores condiciones que hace un momento cuando intentó hablar.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón