Martina decidió no seguir discutiendo. La piel de Erika ardía y necesitaba ver a un doctor de inmediato.
Sin pensarlo más, rodeó el auto y se subió al asiento del copiloto.
El vehículo iba a toda velocidad por la carretera. Martina miraba hacia atrás de vez en cuando y notó que Erika parecía haberse quedado dormida, con las mejillas encendidas por la fiebre.
Solo que... ya no estaba sentada en el asiento como al principio, sino que Valerio la tenía acomodada sobre sus piernas.
Con un brazo sostenía la nuca y parte de la espalda de la joven, y con el otro la rodeaba por la cintura. Parecía un padre arrullando a un niño pequeño.
*¿Cómo va a haberse subido Erika ahí por su cuenta? Seguro que Valerio aprovechó que se durmió para abrazarla.*
Martina le dirigió una mirada cargada de repulsión y luego volvió a sentarse derecha mirando al frente.
Valerio, por su parte, no dejaba de mirar a la frágil mujer en sus brazos, con los ojos llenos de angustia. No apartaba la vista de su rostro ni un segundo.
Apretó su agarre un poco más, como si estuviera sosteniendo el tesoro más preciado del mundo.
Tal vez Erika se despertó ligeramente por la fuerza de sus brazos. Abrió y cerró los ojos un par de veces, adormilada.
Como la fiebre era muy alta, apenas pudo parpadear un poco antes de volver a quedarse profundamente dormida.
Cuando llegaron al hospital, el doctor diagnosticó una fiebre alta repentina, sin otros síntomas graves. La internaron, le pusieron suero por goteo y Valerio se sentó al lado de la cama, sin apartarse de ella ni un milímetro.
Martina se sentó al otro lado de la cama, mirando en silencio la botella de suero que colgaba en lo alto, perdida en sus pensamientos.
No paraban de entrarle llamadas de la oficina. Las cortaba una tras otra hasta que finalmente decidió poner el celular en silencio.

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