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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 510

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Un destello de decepción cruzó por los ojos de Ricardo. Él había ido a celebrar la inauguración y solo llevó un regalo en efectivo nada despreciable. ¡¿Por qué no se le ocurrió hacer un despliegue así y traer regalos extravagantes?!

Este Valerio... la relación que tenía con Erika definitivamente no era cualquier cosa.

En realidad, desde el día del banquete ya lo sospechaba, pero asumió que, por la historia que tenían, ya habían roto todo lazo. Sin embargo, al ver la escena de hoy...

Valerio sonrió con ligereza y le respondió:

—Ricardo, qué sorpresa verte. Vine a lo mismo que tú, a felicitar a la señorita Milán por su nuevo estudio.

Ricardo forzó una sonrisa, esforzándose para que no se notara lo rígida que estaba.

Leonardo y los demás presenciaron la escena. Conociendo a Erika como la conocían, notaron al instante su incomodidad, por lo que, de manera tácita, decidieron no abrir la boca.

Pero la cabeza de Adrián era un verdadero caos. Ver a Leonardo llegar con la novia que lo había expuesto en redes sociales ya era una locura.

¿Acaso este tipo no andaba con Erika? ¿Por qué regresó con su ex? Y para colmo, ¿Erika los había invitado a los dos? Adrián no lograba descifrar esa telaraña amorosa.

Y ahora, ver a Valerio Ramírez aparecer con tanto alboroto en la inauguración, sabiendo que Erika ni siquiera toleraba hablarle... esto era demasiado.

Pero por respeto al evento, se guardó sus comentarios.

Mientras tanto, Chlóe se acercó al oído de Leonardo y susurró:

—¿Acaso Valerio Ramírez ya está conquistando a Eri públicamente?

Leonardo apretó los labios y contestó en voz baja:

—No lo sé, pero los temas del corazón son cosas que solo Eri debe decidir.

A un lado, Martina observaba todo en silencio. En cuanto captó la mirada disimulada que le lanzó Erika, llamó a Amelia y le pidió que organizara a los invitados para llevarlos al restaurante de una vez.

Su maquillaje era discreto y natural, haciendo que su piel, luminosa como porcelana, tuviera un brillo cautivador. El color de sus labios era sutil, pero lo suficientemente vibrante como para no perder ni un gramo de seducción.

De pie, a unos pasos de él, parecía la encarnación viva de una belleza clásica salida de un cuadro. Era imposible apartar la mirada de ella.

Al ver que Erika lo ignoraba, Valerio se levantó de la silla despacio y caminó hacia ella.

Cuando estuvo a escasos centímetros, la observó con dulzura y su voz grave y magnética llenó el silencio:

—Eri, ¿no me vas a invitar a comer con ustedes?

—No reservé ningún lugar para ti. Te pido que te retires, ya voy a cerrar —respondió Erika con frialdad mientras tomaba su bolso del mostrador, y luego añadió—: Si no quieres llevarte tus cosas, yo misma mandaré a alguien para que las deje en el Grupo Ramírez.

Apenas terminó de hablar, la mano que le colgaba a un costado fue atrapada por Valerio, quien la jaló hasta ponerla frente al objeto cubierto por la tela de terciopelo:

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