Erika se lanzó desesperada, golpeando con ambas manos el brazo de Valerio y gritándole:
—¡Valerio, suéltalo ya!
—Erika, vuelve al salón, no te metas en esto —gruñó Adrián, con el rostro contorsionado por el dolor de la torcedura.
Valerio le hizo eco con voz dura:
—Regresa al salón.
Erika miró a uno y a otro. Siguió forcejeando con el brazo de Valerio, y bajando la voz para no armar un escándalo que atrajera a los demás invitados, ordenó:
—¡No me voy a ir! ¡Primero suéltalo!
Valerio frunció el ceño. Finalmente, aflojó el agarre y dejó libre a Adrián. Luego se giró hacia ella y, con una voz extrañamente suave, le repitió:
—Ve al salón primero.
Erika se quedó plantada.
—Vete, Erika —insistió Adrián.
Ella los miró con angustia. Estaba claro que ambos querían sacarla del medio, y hablaban completamente en serio.
Quería irse, pero le aterraba la idea de que se mataran a golpes en cuanto diera la vuelta. Justo en ese momento de indecisión, Amelia apareció corriendo por el pasillo, casi sin aliento.
—¡Erika, por favor, ven rápido! ¡Tienes que calmar a Martina! Se agarró con el señor Ríos, están haciendo una competencia de tragos y ya están a punto del coma etílico.
Erika dejó escapar un suspiro de frustración pura. Les lanzó a los dos hombres una última mirada de advertencia y salió corriendo detrás de Amelia.
Apenas Erika desapareció en la esquina, la actitud de Valerio cambió. Agarró a Adrián del cuello de la camisa y lo arrastró a la fuerza hacia el cubo de las escaleras.


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