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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 517

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Adrián se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos. Apoyó la mano contra la pared de cemento y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró ponerse de pie.

—¡¿Qué estupidez estás diciendo?! —soltó Adrián—. ¡¿Cómo demonios te enteraste?!

Al escuchar esa reacción, a Valerio se le borró cualquier rastro de calma. Las venas de la frente comenzaron a palpitarle furiosamente y su mandíbula se tensó hasta hacer rechinar los dientes.

Se quedó plantado ahí, estático. Sus manos se cerraron en puños tan fuertes que los nudillos se le pusieron blancos. La temperatura a su alrededor pareció descender de golpe; la mirada en sus ojos era tan fría que cortaba el aire.

En un abrir y cerrar de ojos, Valerio se abalanzó, agarró a Adrián por la solapa ensangrentada y, casi escupiéndole las palabras en la cara, gruñó con furia asesina:

—¡¿Tú también lo sabías?! ¡¿Desde cuándo lo sabes?! ¡Habla!

Adrián soltó una carcajada amarga y seca. De un manotazo, se quitó de encima el agarre de Valerio. Apretó los dientes y le contestó con un tono lleno de veneno y burla:

—¡Todo el maldito mundo lo sabía, menos tú!

Adrián se recargó pesadamente contra la pared y lo miró con asco y lástima.

—Dime, en toda la maldita historia de la humanidad, ¿puede haber algo más patético que esto? Y lo peor es que le pasa al "gran Valerio Ramírez", el genio de los negocios, el intocable. Ya no sé si decirte que eres el hombre más estúpido de la tierra o si tu arrogancia te cegó por completo.

Al ver que Valerio seguía paralizado, sin poder pronunciar palabra, Adrián aprovechó para hundirle el cuchillo más a fondo:

—A lo mejor necesitas refrescar un poco la memoria. ¡Haz un esfuerzo! Piensa en cómo la arrastraste como a un animal, cómo la obligaste a abortar a sus propios hijos. ¡Dime cómo la humillaste frente a todos! ¿Y tus famosas "pruebas"? ¿Acaso las recogiste con los ojos vendados?

La voz de Adrián subía de tono con cada palabra, consumido por la indignación y la rabia del recuerdo.

—Si hubiera estado en tu lugar, ¡yo le habría creído a Erika! Hubiera creído ciegamente en ella y en cada maldita palabra que saliera de su boca. Pero tú no pudiste, Ramírez. Y aunque volvieras a nacer mil veces, seguirías haciendo lo mismo. Porque los psicópatas como tú solo se creen a sí mismos. Eres incapaz de darle la felicidad a alguien, ¡y menos te la mereces a ella!

Tras escupir todo ese veneno, Adrián dio la vuelta y comenzó a bajar por las escaleras, tropezando con sus propios pies.

Erika se quedó paralizada en el umbral, observando al hombre frente a ella.

Bajo la tenue luz amarillenta del cubo de escaleras, la imagen del intocable magnate había desaparecido. Su postura estaba encorvada, casi al borde del colapso. Su impecable camisa blanca tenía manchas de sangre de distintos tamaños esparcidas por la tela.

Un hilo de sangre brillante le escurría desde la comisura de los labios hasta la barbilla. Unos mechones de pelo le caían desordenados sobre la frente.

Y sus ojos... estaban rojos, pero no con la furia inyectada de un animal rabioso después de una pelea. Estaban inundados de una tristeza y un dolor tan profundos que le helaron la sangre a Erika.

Pero a ella no le importaba por qué el "gran señor" lucía así de destruido. Solo pensó en una cosa: si este experto en artes marciales estaba así de herido, ¡¿cómo diablos debía estar Adrián?!

Con el pánico a flor de piel, se lanzó hacia él, lo agarró por el cuello de la camisa destrozada y le gritó en la cara:

—¡¿Dónde está Adrián?! ¡¿Qué demonios le hiciste?!

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