Diego sacudió la cabeza, completamente resignado. ¡Lo sabía! Mientras venía corriendo por el pasillo, ya sospechaba que esto era un teatro barato.
Su jefe tenía la fuerza y los reflejos de un sicario; era capaz de darle una paliza a cinco hombres al mismo tiempo. Incluso si de verdad se hubiera resbalado por la escalera, Valerio habría tenido los reflejos suficientes para protegerse el cuello y la cabeza. Era biológicamente imposible que quedara inconsciente por una caidita de esas.
Qué nivel de manipulación del señor Ramírez...
Pero Erika, al ver a Diego negando con la cabeza en medio de la penumbra, sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Pensó que estaba muerto. Se quedó muda, paralizada por el terror.
¿Ella lo había matado? ¿Lo empujó y lo mató?
No... por más resentimiento que le tuviera, ¡jamás habría querido verlo muerto!
Diego notó lo pálida que estaba. Erika sudaba frío y miraba el rostro de Valerio con unos ojos desorbitados y vacíos. La culpa le picó un poco al pobre asistente, así que decidió soltarle una soga de salvamento:
—Señorita Milán, por favor, trate de calmarse. La ambulancia va a tardar un poco en llegar. Yo voy a empezar con las compresiones de pecho, necesito que usted le dé respiración boca a boca.
Al ver que Erika seguía en shock sin mover un músculo, alzó la voz con tono militar:
—¡Ahora! ¡No hay tiempo que perder!
—Sí... sí, claro —balbuceó Erika, saliendo del trance de un salto.
En cuanto Diego hizo dos simulaciones de RCP en el pecho duro de Valerio, Erika se arrodilló, tomó el rostro del magnate entre sus manos temblorosas, le abrió la boca y comenzó a darle respiración. Su cerebro estaba bloqueado, lo único que le importaba era salvarle la vida al imbécil.
Pero el desgraciado que fingía estar medio muerto en el piso de cemento no pensaba en emergencias médicas. Esos labios que le daban aire eran tan suaves y olían tan bien, que Valerio por dentro estaba rezando para que la ambulancia se perdiera en el tráfico.
Diego tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no soltar una carcajada. Cuando le tocaba parar el "RCP" y Erika se inclinaba a besar a su jefe con la excusa de salvarle la vida, Diego miraba fijamente al techo descascarado de la escalera. A estas alturas, su admiración por la sinvergüencería de su jefe no tenía límites.
Después de varias rondas de este romántico simulacro de rescate, Valerio seguía "inconsciente".

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