En medio del caos, Valerio se mantuvo completamente sereno y le ordenó esconderse en el baño. Y mientras estaba ahí, aterrorizada por no saber qué ocurría afuera, él la consoló incansablemente a través del teléfono.
Antes de rescatarla, sabía perfectamente que había criminales dispuestos a iniciar un incendio, pero cuando los policías le exigieron que se marchara, él se negó argumentando que su esposa estaba atrapada adentro...
Al recordar todo esto, Erika frunció el ceño y sacudió la cabeza.
No quería admitir que algo en lo más profundo de su corazón se había removido. Se dijo a sí misma que debía ser simple gratitud; si cualquier otra persona la hubiera rescatado, probablemente sentiría lo mismo.
Poco después, Valerio regresó a la mesa. El mesero ya había traído el café latte frío que él había pedido.
Al sentarse, Valerio se mantuvo en silencio, y su rostro mostraba una expresión inusualmente sombría.
Erika notó que algo andaba mal después de esa llamada, pero no se atrevió a preguntarle.
Aunque no dijo nada, la actitud de Erika ya no era tan hostil y distante como antes. De hecho, deslizó el flan casero hacia él. No pronunció palabra ni le entregó una cuchara, pero fue un gesto claro.
Valerio tomó una cuchara por su cuenta, empezó a comer y le dijo: —Gracias.
La mente de Erika era un torbellino.
Además de todo lo que había pasado con el rescate, recordó lo que Diego le había advertido esa misma mañana: si el abuelo y los padres de Valerio descubrían que los tres niños eran herederos de la familia Ramírez, sin duda intentarían arrebatárselos.
Y la única persona que tenía el poder y la autoridad para detenerlos era el propio Valerio.
El mensaje de Diego había sido claro como el agua: le estaba advirtiendo que, si se ganaba la enemistad de Valerio, cuando la verdad saliera a la luz, ella sola jamás podría enfrentarse al abrumador poder e influencia de la familia Ramírez.
Al pensar en eso, Erika sintió un nudo en el estómago.

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