—No encontré la marca que usabas antes, así que traje varias diferentes para que veas cuál te sirve mejor. También compré pañuelos secos y toallitas húmedas.
Valerio, medio inclinado hacia el interior del auto, empezó a revisar las bolsas, explicándole todo con detenimiento.
—Pregunté y me dijeron que no hay baños públicos por aquí. El supermercado es bastante pequeño, pero por suerte vendían ropa cómoda y ropa interior, así que te puedes cambiar aquí mismo en el coche. En esta bolsa puedes meter lo que te quites, y esta otra la puedes usar para la basura...
Erika se quedó muda.
En todos sus recuerdos, jamás había escuchado a Valerio hablar tanto, y mucho menos sobre detalles tan mundanos y cotidianos.
¿Cómo era posible que recordara hasta la marca de toallas femeninas que ella usaba? ¿Cuándo le había prestado atención a esas cosas?
De hecho, la única que sabía lo fuertes que eran sus cólicos era María. ¿Cómo se había enterado él?
Las tres bolsas contenían exactamente lo que necesitaba en ese instante. ¿En qué momento se había vuelto tan detallista?
Mientras Erika seguía en shock, Valerio volvió al asiento del conductor y bajó todas las cortinillas para oscurecer los cristales por completo.
—Cuando termines de cambiarte, solo dale un golpecito a la ventana —le indicó.
Y con eso, volvió a bajarse del coche.
Erika miró el interior del auto, ahora completamente privado, pero la vergüenza no disminuyó ni un poco.
¿De verdad iba a tener que quitarse los pantalones y la ropa interior aquí mismo?
Estaban en las afueras de la ciudad, ya era un milagro que hubieran encontrado un supermercado. Realmente no había otra opción.
Erika apartó un milímetro la cortinilla de su lado izquierdo. Valerio estaba de pie a unos metros de distancia, fumando un cigarrillo. Se veía igual de apuesto que hace años, pero ahora irradiaba el magnetismo maduro de un hombre hecho y derecho.
Soltó la cortinilla y empezó a cambiarse. Mientras lo hacía, por alguna razón, recordó a Magdalena en el parque de diversiones.
Ella lo había llamado Valerio con tanta familiaridad. En el pasado, ni siquiera ella misma solía llamarlo por su nombre de esa manera.
Pero en cuanto ese pensamiento cruzó por su mente, se regañó internamente. Qué tontería ponerse a pensar en esas cosas.

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