—¡Eres un sinvergüenza! —le gritó Erika, furiosa por no poder soltarse.
Pero Valerio solo esbozó una media sonrisa.
—Estar en mis brazos insultándome se siente como si estuviéramos coqueteando. Me encanta.
—Tú...
—Aquí estoy. Y aquí voy a estar siempre que me llames. Duerme. En mis brazos descansarás mejor. En cuanto te quedes dormida, me iré.
Sin importarle la expresión fulminante de ella, apoyó la barbilla sobre su cabello y comenzó a darle palmaditas suaves en la espalda, como si estuviera arrullando a un bebé.
Erika quiso morderle el hombro, pero la posición no se lo permitía. Al bajar la vista, quedó justo frente a su firme pecho, y sin pensarlo dos veces, le clavó los dientes con todas sus fuerzas.
Valerio soltó un ligero siseo de dolor, pero luego le dijo con voz suave:
—Sé que me odias. De ahora en adelante, puedes morderme todos los días hasta que se te pase el coraje.
Erika se quedó muda.
¡¿Hasta qué punto podía llegar la desvergüenza de este hombre?!
Soltó el mordisco y le exigió en un susurro cargado de odio:
—¡Suéltame!
—¡No!
—¡Que me sueltes!
—¡Primero muerto!
—...
Por más que Erika forcejeó y lo insultó, él no aflojó su abrazo, e incluso enredó sus largas piernas con las de ella para evitar que se moviera.
—Si no te duermes, no me voy a ir. Me quedaré hasta mañana, me levantaré contigo y juntos llevaremos a los niños a la escuela.
Al escuchar eso, Erika se sintió aún más exasperada.
Si lo decía, era porque era perfectamente capaz de hacerlo.

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