Erika le respondió con una sonrisa serena:
—Catalina, ya crecí, ya no soy aquella niña ingenua. Si decidí hacerle este favor para que sobreviva, es porque tengo mis propios planes.
Catalina se quedó perpleja por un instante y luego le apuntó con el dedo índice, medio en broma:
—Qué astuta eres, Eri, de verdad no me la esperaba. ¡Yo juraba que sus lagrimitas de cocodrilo y sus súplicas te habían ablandado el corazón!
Erika suspiró levemente:
—Amiga, aquella vez ella actuó con mala fe porque pensó que yo me estaba aprovechando de ella. A fin de cuentas, tiene a toda su familia a cuestas; si es tan desconfiada y pelea por su dinero, es por ellos. Ese simple hecho me demuestra que no tiene el alma completamente podrida.
—No tendrá el alma podrida, pero tampoco es una santa —replicó Catalina—. Yo también he estado con el agua hasta el cuello, y no por eso ando pisoteando a los demás. Oye, ¿no dijeron que se van a vengar de Lorena? Cuando lo hagan, ni se te ocurra ensuciarte las manos. Tú quédate en las sombras, echando leña al fuego y dejando que se despedacen entre ellas. Llámame mala si quieres, pero en este mundo, esa es la única forma de sobrevivir.
—No eres mala, tienes toda la razón —Erika soltó una risa dulce antes de preguntar—: Por cierto, no me has dicho para qué venías a buscarme.
Catalina se dio una palmada en la frente:
—¡Ay, qué cabeza la mía! Todo este alboroto con Vanesa me hizo olvidar a qué venía.
Dicho esto, sacó una carpeta de su bolso y se la tendió a Erika:
—Échale un ojo a este proyecto. Te voy a ser sincera: ¡es un encargo por fuera de la agencia!
Erika se sorprendió y la miró desconcertada:
—Catalina, esto es imperdonable en la industria. Si los de Estudio Blanco se enteran, no solo te van a despedir, tu reputación va a quedar por los suelos.
Catalina suspiró, su expresión se volvió sombría y respondió con evidente resentimiento:
—Los directivos nos exprimen el alma con sus condiciones, ¿por qué nosotros no podemos buscar nuestro propio dinero? No te preocupes, sé perfectamente lo que hago.
—Es demasiado arriesgado, amiga. Mejor renuncia y ven a trabajar conmigo —insistió Erika, incapaz de ocultar su preocupación.
Catalina hizo un gesto con la mano, restándole importancia, y le dijo con suavidad:

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