A la mañana siguiente, Sabrina y Estrella llegaron temprano a la casa, cada una llevando un regalo.
Vanesa ya las esperaba en la entrada, puntual y lista, sin descuidar ni un solo detalle, aunque fueran sus amigas de toda la vida.
Por su parte, los Balderas sabían perfectamente que las chicas irían ese día. Lejos de tratarlas como simples niñas, desde temprano se habían preparado: la casa impecable, fruta fresca picada en la mesa, y todo listo para recibirlas como se merecían.
—Buenos días, señora, señor —saludaron las dos, sonriendo mientras entregaban los regalos.
Una de ellas era de piel clara y rasgos delicados, con esa apariencia de niña dulce del barrio. La otra, con cabello corto y piel ligeramente bronceada, desbordaba energía y seguridad. Juntas, llamaban la atención dondequiera que iban; cada una con su estilo, pero igual de carismáticas.
—¡Qué bueno que llegaron! Adelante, pasen —dijo Irma, radiante. Salvo por David, era la primera vez que Vanesa llevaba amigas a casa, y eso la emocionaba.
—Miren, estos son sus zapatos, mi mamá los compró especialmente ayer en el súper. Son nuevos, para que estén cómodas —comentó Vanesa, colocando dos pares de pantuflas relucientes frente a ellas.
Por fin, una vez adentro y ya todos sentados, comenzaron las presentaciones y los saludos.
—Señor, señora, la vez pasada dijimos que vendríamos a visitarlos, pero se nos fue pasando el tiempo. Perdón por la tardanza —comentó Sabrina, un poquito nerviosa.
—Te recuerdo bien, tú eres la que andaba en la moto la otra vez, ¿no? Nada de preocuparse, pueden venir siempre que quieran —respondió Aurelio, restándole importancia.
—El señor también era fan de las motos cuando joven. Es raro ver chicas que les gusten esas cosas; la verdad, se ven bien chidas —añadió Irma, guiñando un ojo.
Entre palabras y risas, Estrella fue perdiendo cualquier pizca de nerviosismo que traía.
—Este es un vino que hacemos en mi familia. Señora, cuando tenga un rato libre puede tomarse una copita, dicen que hace bien para la piel y para consentirse —dijo Estrella, extendiendo la botella con una sonrisa.
—Ay, a mi edad ya casi ni tomo… —Irma se tocó la mejilla, un poco apenada.
—¡Ay, no diga eso! Si Vane salió tan guapa, seguro que lo heredó de ustedes. Si la ven por la calle, hasta van a pensar que son hermanas —bromeó Estrella, tan espontánea como siempre.
En cuestión de minutos, Irma y Aurelio estaban muertos de risa. Vanesa y Sabrina intercambiaron miradas cómplices, ambas sabían que la habilidad de Estrella para ganarse a la gente era envidiable.

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