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La Princesa romance Capítulo 346

—El artículo 184 del Código Civil lo deja clarísimo: si uno presta ayuda de emergencia por voluntad propia y causa algún daño, no tiene responsabilidad civil. Además, el artículo 183 dice que si por proteger los derechos de otro te lastimas, el que cometió la falta debe hacerse responsable.

Alfonso recitó cada palabra con el rostro endurecido, sin dejar espacio para dudas. La mujer a su lado se notaba nerviosa, y jaló la manga de su esposo buscando apoyo.

—No me vengas con esas cosas de abogados. Ustedes hicieron que la señora se lastimara, y ahora tenemos que dejar de trabajar para cuidarla. El dinero por daño moral, lo que dejamos de ganar, las medicinas… todo me lo tienes que pagar —soltó el hombre con un gesto brusco y un tono que no dejaba lugar a discusión, como si la única salida fuera aflojar la cartera.

—¿No entiendes? Te lo voy a decir más sencillo —reviró Alfonso, manteniendo la calma. Para él, este tipo de reclamos ya eran cosa de rutina. Había visto casos más raros y complicados que este, así que ni se inmutaba.

—Aquí los que deben pagar no somos nosotros. ¡Tú nos tienes que pagar a nosotros!

—¿Qué tontería es esa? ¡Nosotros somos los afectados! ¿Por qué tendría que darte un solo peso? —el hombre escupió al piso, dejando claro que no pensaba ceder. Los presentes intercambiaron miradas, molestos por su actitud.

Alfonso respiró hondo y se dirigió a los policías.

—Oficiales, les encargo el resto. Mi hermana está asustada por culpa de estos dos, así que la voy a tranquilizar. Más tarde, mi hermano y yo acudiremos a la estación para cooperar con la investigación.

El policía miró a Vanesa y luego volvió la vista a Alfonso.

—Abogado Balderas, deje a estos dos con nosotros, usted atienda a su familia.

Solo confirmando todo una y otra vez lograba reunir el valor para actuar. Valentín solía decírselo: pensar tanto solo te hace dudar más, y si dudas, los pacientes lo notan y pierden la confianza. Así no vas a llegar lejos.

Federico lo sabía. Quería cambiar, ser más decidido. Pero una y otra vez, el miedo a equivocarse lo frenaba sin que se diera cuenta.

Y justo hoy, por primera vez, se escuchó a sí mismo hablar con firmeza, declarando su diagnóstico con la seguridad que siempre envidió en otros. Hasta él se sorprendió por la autoridad en sus palabras.

Aun así, mantuvo el semblante serio, sin dejar que la inseguridad asomara ni un segundo. Sabía que, si mostraba la menor duda, los demás usarían eso para desacreditarlo.

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