Vanesa apretó los labios y soltó, con un tono que no admitía réplica:
—Estrella, no andes aprendiendo esas cosas malas.
Esas últimas palabras, nadie supo si iban dirigidas a una persona en particular o si hablaba del asunto en general.
Al escucharla, Estrella soltó lo que tenía en las manos, levantó ambas palmas y puso una expresión de resignación, aunque en su cara aún se notaba un dejo de lástima.
—Bueno, si tú lo dices, Vane, entonces ya no lo haré. Hay cosas para las que sí se necesita talento. La señorita Gavilán tiene más talento que yo, seguro nunca podré superarla.
Regresó al lado de Vanesa, mientras Sabrina se adelantó, con los ojos enrojecidos, tan vulnerable que cualquiera se habría conmovido.
—Cada colección de Estudio Soplo de Arte es el resultado de noches sin dormir de todos los diseñadores, de salir a la calle mil veces, de coordinar y crear una y otra vez. Para cada diseñador de Estudio Soplo de Arte, cada obra es un tesoro.
Sabrina parpadeó, y las lágrimas terminaron por rodar por sus mejillas, cayendo en silencio.
El fotógrafo enfocó la cámara en el rostro de Sabrina. Varios invitados le lanzaron a Inés miradas de desaprobación, como si la acusaran en silencio.
—Agradezco que reconozcan los productos de Estudio Soplo de Arte. Pero como colega, lo que más deseo es que podamos aprender juntos, mejorar entre todos y esforzarnos por crear mejores diseños, no ganar usando trampas como las de hoy.
Las palabras de Sabrina hicieron que varios asintieran en señal de apoyo; las miradas que le dirigían estaban llenas de respeto. Era joven, y aun así, después de haber sido copiada, podía mantener la compostura con tanta dignidad. Pocos podían hacerlo.
—Cuando vi su obra, mi primera reacción fue no poder creerlo. Si no fuera por ese video, ni siquiera sabría cómo demostrar mi inocencia. Usted dice que no copió, pero aquí están las pruebas. Todos los bocetos de Estudio Soplo de Arte quedan registrados en el sistema; quien copia, queda en evidencia.
En algún momento, abrieron la puerta del salón y el personal empezó a desalojar a los presentes. Inés se resistía a irse, pero al final Nicolás terminó jalándola para sacarla. Su reputación quedó destrozada, dentro y fuera del círculo.
Después de esto, si Grupo Gavilán no lograba recuperar su imagen, jamás podrían vender su línea de joyería de alta gama. ¿Qué clienta adinerada querría ponerse una pieza copiada? El precio no les importaba, ni siquiera si era bonita; era como un vicio de coleccionista: podían no usarla jamás, pero necesitaban tenerla.
Una joya plagiada no solo no les daría estatus, hasta podría convertirlas en la burla de todas durante la merienda. Ninguna persona con poder permitiría ser el chisme del círculo solo por una marca.
Cuando terminaron de desalojar, solo Vanesa y sus dos compañeras quedaron en el salón.
Como la mente detrás de todo, Vanesa no pudo evitar sentirse satisfecha con el resultado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa