—¡Felicidades por el éxito de nuestra exhibición, Sabrina! —Estrella se acercó y abrazó a Sabrina con entusiasmo. Ismael y David, de pie a cada lado de la puerta del vestidor, aún sostenían los cañones de confeti vacíos, mientras Vanesa se aproximaba despacio, cargando un pastel que nadie sabía en qué momento había preparado.
—Gracias por su esfuerzo —dijo Vanesa, esbozando una sonrisa cálida, con una expresión de profundo orgullo en los ojos.
Aquella chica que antes pasaba los días mirando por la ventana del hospital, dibujando bocetos de diseño, ahora se había vuelto alguien admirable. Pero lo más importante, estaba sana.
La vida es tan frágil, pensó Vanesa. Por eso nunca prometía “toda la vida”, solo deseaba volverse un poco más fuerte, aprovechar el tiempo que tenía y, frente a un futuro incierto, proteger a sus amigos y a su familia. Quería ser ese paraguas que resguardara a los suyos, para que pudieran disfrutar el presente, vivir libres, sin preocupaciones.
Así, justo como ahora. Todos sanos, todos felices, cada uno corriendo tras sus sueños a su propio ritmo…
Como si le hubiera leído el pensamiento, David se acercó y, sin decir palabra, abrazó a Vanesa y le dio un beso tierno en la cabeza. En silencio, le prometía que estaría ahí.
...
En el departamento oscuro, solo la luz de la pantalla iluminaba el espacio.
Un pitido anunció que la puerta se había destrabado.
Iker ni se movió, los ojos pegados a la televisión.
—¿Qué onda? ¿Otra vez en modo ermitaño? Aquí parece cueva —soltó Santiago desde la entrada.
—No prendas la luz, estoy viendo una película.
Santiago desistió de encender la lámpara, se puso unas pantuflas y, con una bolsa en la mano, entró al departamento.
—¿Y qué traes ahí?
—Traje unas cervezas, por si te da por querer ahogarte en alcohol.
Cuando Santiago recibió el mensaje, estaba en plena gira. Para cuando pudo llegar, todo ya había pasado. Al salir del trabajo, ni se molestó en ir a dormir a su casa; compró unas latas de cerveza y fue directo al departamento de Iker.

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