En la clínica casi no había gente y la discreción era mucho mayor que en un hospital; por eso, era la mejor opción. Además, con una sola inyección de Valentín, cualquiera volvía a la vida como si nada hubiera pasado.
—Voy de pasada a dejarle unas cosas a mi hermano, vamos juntos —dijo Santiago en cuanto escuchó “clínica”; de inmediato supo a dónde se refería.
Iker no se tragó la excusa ni un segundo. ¿Cómo alguien que venía de su casa y con bolsas de mandado de repente tenía algo que entregar? Pero le daba igual, prefería que lo llevara Santiago a tener que pedir un carro para ir solo.
Después de todo el ajetreo, la noche ya había caído.
Iker se sentía mucho mejor, hasta se le notaba un poco de color en la cara.
Santiago no dijo nada, solo lo acompañó a su cuarto y luego subió a su propio departamento. No había pasado ni media hora cuando alguien llamó a la puerta de Iker.
—¿Qué pasó? —preguntó Iker, notando que Santiago llevaba un tupper en la mano.
—Hice demasiada sopa y no tengo a quién dársela, así que te la traje —le soltó, empujándole el recipiente al pecho y, con cara seria, se fue sin agregar nada más.
A Iker le dio risa, pero ni pensó en rechazarlo. Si era gratis, más a su favor.
Ya estaba acostumbrado a esas cosas; antes, cuando vivía en los barrios pobres, a veces no tenía casi nada para comer: una comida y luego a aguantar el hambre. Cuando se volvió famoso, con tantos cambios de horarios y grabaciones, muchas veces dejaba de comer para verse bien en cámara. Su estómago ya estaba hecho polvo.
Valentín ya se lo había dicho: si seguía así, ni la Virgen le ayudaba.
Pero, ¿qué más podía hacer? Vivía solo, sin nadie que se preocupara por él. Si le tocaba irse, pues ni modo; al menos no sería en un callejón oscuro. Con eso ya se daba por bien servido.
Sin embargo, en los días siguientes, el timbre de su casa empezó a sonar puntualmente. Cada vez que abría la puerta, Santiago estaba ahí con otro tupper en la mano, siempre con la misma excusa, como si se tratara de una rutina.

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