La película terminó y, sin perder tiempo, Iker puso otra.
—Esa ya la vi, mejor pon otra —dijo Santiago mientras lanzaba la lata vacía directo al bote de basura, sin fallar.
Iker rodó los ojos, pero igual le hizo caso y buscó otra película.
—¿No tienes nada en la tarde? —preguntó Iker apenas empezó la nueva, acomodándose para estar más a gusto en el sillón.
—No, sólo veo esto y me regreso a dormir un rato.
—Por cierto, la comida que pediste me la trajeron a mí. Cuando subas te la llevas.
—Fue a propósito. Hay cosas que necesitan estar en el congelador. Si me tardo, se echan a perder.
Platicaban de manera casual, sin mayor emoción, como si nada pudiera alterar esa calma.
—Ah, y ya bajó el tema de tendencias. Todo quedó aclarado.
El cambio de tema fue tan brusco que Iker se quedó pasmado.
—¿En serio? —Desde que la empresa le avisó ayer, Iker había dejado el celular en manos de la compañía y ni ganas le dieron de aclarar nada. Mejor siguió la corriente y apagó el celular.
—¿Cómo lo resolvieron?
—La asistente de Vane tenía un video de ustedes ese día, con todo el grupo —dijo Santiago, sacando el celular y pasándoselo a Iker para que lo viera.
—Vaya, qué cosa —comentó Iker al terminar de ver el video, devolviendo el aparato. No le prestó mucha atención al asunto, apenas si lo tomó a broma.
—¿Y cómo conociste a Vane? —preguntó Santiago de repente, soltando esa duda que tenía desde hace tiempo.
—¿No lo sabías? Bueno, tampoco es raro, Vanesa no es de las que andan contando su vida.
Jamás se imaginó que pegaría tan fuerte, que lo llamarían a cada rato para entrevistas y promociones. En ese momento se dio cuenta de que la vida del barrio ya estaba muy lejos.
Pero para su sorpresa, Vanesa no lo presionó para que ganara dinero. Cuando vio que se le empezaban a subir los humos, lo frenó y le organizó todo para que terminara el examen de ingreso universitario. Incluso cuando a Iker le dio la locura de querer actuar, Vanesa no se opuso, al contrario, le consiguió maestro de actuación y todo.
Era la primera vez que alguien le tenía tanta fe, que lo trataba así. Hasta el mismo Iker, que siempre había sido desobligado, sintió ganas de demostrarle a Vanesa que no se había equivocado al confiar en él.
Y así, hasta hoy.
Santiago lo escuchaba con atención y asentía.
—Eso sí suena a Vanesa —comentó.
Iker soltó una risa leve.
—¿Verdad que sí? Por eso ni me preocupo por los chismes. No sé por qué, pero Vanesa siempre me da esa seguridad de que todo le sale bien, que todo lo puede resolver. Y eso que apenas tiene diecinueve años.

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