—Ya extraño a mi abuelita, maestra… ¿Verdad que mi abuelita está bien?
Vanesa, con la mente cada vez más borrosa, escuchó la vocecita de Clara. Intentó abrir la boca, decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
Su respiración empezó a agitarse, los ojos se le iban perdiendo en la nada. Justo cuando sentía que se iba a quedar dormida para siempre, mordió su lengua con fuerza, obligándose a mantenerse despierta.
—¡Maestra! ¡Maestra, ¿qué le pasa?! —Clara notó al instante que algo andaba mal. El miedo se le disparó en el pecho, haciéndose enorme e insoportable.
—No te preocupes... tu abuelita... tampoco le pasa nada. Es sólo que... la maestra está algo cansada, necesito dormir un ratito…
—Maestra, ¡no puede dormirse! Usted misma dijo que no podíamos dormir. —Clara lloraba, pero no olvidaba lo que Vanesa le había enseñado. Seguía platicando con ella, manteniéndola despierta como podía.
A tientas, buscó en el suelo hasta que, por fin, tocó la mano de Vanesa. Se le heló la sangre al sentirla tan fría. Los ojos se le pusieron rojos y, con sus manitas, intentó cubrir la mano de Vanesa, como si así pudiera pasarle algo de su propia calidez.
—Vanesa... —la llamó entre sollozos. Vanesa apenas pudo responder con un murmullo, tan bajito que parecía desvanecerse, como si fuera a desaparecer de un momento a otro.
Las lágrimas de Clara no paraban de caer. Agarró una piedra que estaba bajo la mano de Vanesa y, recordando las indicaciones de la maestra, la golpeó con fuerza contra el techo.
—Por favor, ¡alguien! ¡Que alguien venga a ayudarnos! —apretó los dientes para no romper en llanto otra vez, esforzándose por sonar valiente mientras le platicaba a Vanesa, y de vez en cuando golpeaba la piedra como le habían enseñado.
Vanesa escuchaba el llanto de la niña, intentando aferrarse a la conciencia, pero sólo sentía un cansancio profundo.
Esbozó una sonrisa débil. Por su mente pasaron muchos recuerdos, pero al final… lo último que vio fue el rostro de David, justo antes de despedirse, con esa carita de tristeza y coraje mal disimulado.
—Si tan sólo ese día me hubiera animado a decirle que me preocupaba por él, a demostrarle lo feliz que me hacía y lo mucho que lo quería…
Durante tres meses, David le insistió una y otra vez que quería visitarla, pero Vanesa siempre le decía que no.

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