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La que llamaban basura es la jefa romance Capítulo 4

Miranda soltó una carcajada de repente.

—Mírate, muerta de miedo. ¡Qué patética eres!-

Miranda presionó un poco más fuerte, haciendo que la sangre fluyera más rápido.

—Me gustabas más hace un momento, cuando te creías la dueña del mundo.

—¡Suéltame! —gritó Jimena, ignorando por completo sus palabras. Estaba aterrorizada por la idea de morir.

Al ver su reacción, Miranda aumentó la presión.

Renata quiso intervenir para hacerse notar, pero recordando lo que había hecho Miranda en el hospital, prefirió quedarse al margen.

No podía depender de una Jimena que ni siquiera podía salvarse a sí misma.

—La próxima vez que defiendas a esta impostora frente a mí, te desangro por completo.

Miranda la soltó. Toda la arrogancia con la que Jimena había entrado desapareció. Ahora estaba temblando y gritaba hasta desgarrarse la garganta:

—¡Llévenme al hospital de inmediato!

Con la mano sana se apretaba la herida de la muñeca, intentando inútilmente detener el sangrado.

Renata rápidamente le ordenó a los empleados que llevaran a Jimena al hospital.

Un ligero olor a sangre impregnaba el comedor. Renata no soportaba ese aroma, así que prefirió no entrar.

Miranda se dio la vuelta y miró fijamente a Renata.

—Tu querida tía acaba de irse al hospital. ¿No vas a acompañarla como la sobrina devota que eres?

Renata apretó los labios y no dijo una sola palabra.

No era tonta. ¿Para qué enfrentarse abiertamente a Miranda ahora? Esperaría su oportunidad para hundirla desde las sombras.

En ese momento, no había nadie con autoridad en la casa, así que pelear con Miranda solo la perjudicaría.

Renata se dio la vuelta para marcharse. Habían pasado demasiadas cosas en un solo día; quería ir a su cuarto a descansar y esperar a que sus padres volvieran para resolver todo.

La anciana empleada se le acercó y le susurró:

—Señorita Renata, por fin llega. Esa mujer tomó su habitación. Intenté detenerla, pero no hubo caso. ¿Qué hacemos ahora?

Renata miró hacia el comedor, esbozó una sonrisa y fingió no darle importancia.

—No te preocupes. Puedo dormir en cualquier lado.

—Es mejor que no te enfrentes a ella. Es una salvaje del campo, sin ningún tipo de educación ni modales. Todo en ella irradia hostilidad y no quisiera que te lastimara. A mí no me importa lo que me pase, pero no toleraré que sufras. Tú ya eres mayor y lo más importante es tu tranquilidad. Me has visto crecer y, aunque sea por mí, no vale la pena que te amargues por alguien como ella.

Las dulces palabras de Renata conmovieron a la anciana hasta las lágrimas, lo que solo aumentó su resentimiento hacia Miranda.

Doña Liduvina sonrió y tomó una invitación que le entregó uno de sus asistentes.

—Es para el Club de Arquería Las Lomas. Se reunirá mucha gente de la alta sociedad; deberías asistir para ir integrándote.

En el futuro, tendría que asistir a muchos eventos como ese.

Como miembro de la familia Valdivia, siempre debía mantener las apariencias.

—Está bien.

Era evidente que Miranda no tenía mucho interés en ir.

Al ver que Doña Liduvina no hacía ademán de invitarla, Renata no pudo evitar decir:

—Doña Liduvina, Miranda nunca ha estado en un evento como este. Si va sola, seguramente se pondrá nerviosa. Ella estará representando a la familia Valdivia; si comete un error, todos quedaremos mal.

Doña Liduvina enarcó una ceja.

—¿Y qué propones?

—Creo que debería ir con ella, así nos apoyamos mutuamente.

Doña Liduvina no aceptó de inmediato. Miró a Miranda y preguntó:

—¿Qué opinas tú, Miri?

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