Ambos aparatos le habían costado apenas dos mil pesos en un mercado de pulgas.
La carcasa de la laptop tenía algunos rayones, pero funcionaba sin problemas.
El teléfono era un modelo de hace tres años, pero al menos servía para instalar las aplicaciones básicas.
Dayana encendió la computadora y comenzó a hacer sus tareas.
Antes tenía que usar las máquinas de la biblioteca de la universidad, siempre con el tiempo contado de una hora, trabajando a las prisas.
Ahora por fin tenía la suya propia. Ya no había prisa.
Se quedó absorta frente a la pantalla hasta casi la medianoche.
Entonces sonó el teléfono.
La pantalla mostraba un número desconocido, pero Dayana sabía perfectamente quién era.
Hace un par de días había enviado su currículum.
La Noche, un bar en la zona este de la ciudad.
Aunque lo llamaban bar, en realidad era un club privado; su clientela era pura gente rica y poderosa.
Dayana había visto el anuncio solicitando un asistente de bartender a medio tiempo y mandó un correo.
No sabía preparar cócteles con alcohol, pero era experta mezclando bebidas.
Le habían dicho que esperara su llamada.
Dayana contestó.
—¿Hablo con Dayana? —preguntó la voz de un hombre joven.
—Sí.
—Revisamos tu currículum y el jefe te dio el visto bueno. El horario es viernes y sábados, de ocho de la noche a dos de la madrugada. ¿Tienes algún inconveniente?
—Ninguno.
—Perfecto. Te esperamos mañana para tu primer turno.
Al colgar, Dayana dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando la pantalla un par de segundos.
Alejo Lozano solía frecuentar La Noche.
Eso era algo que había leído en la novela.
Alejo no tenía muchos pasatiempos. No fumaba, no bebía alcohol y no apostaba. Su única distracción era ir a La Noche cada semana para sentarse un rato, pedir un cóctel sin alcohol y escuchar música.
Enviar su currículum a La Noche no era solo por el dinero.
Dayana guardó sus tareas, cerró la laptop y se fue a bañar.

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