Salomé no dejaba de pegar su rostro al de él.
El calor de su aliento, mezclado con el dulzor del cóctel, rozaba la piel de Luciano, provocándole un cosquilleo insoportable, mientras los labios de la joven pasaban muy cerca de su mejilla una y otra vez.
Luciano sintió que la garganta se le secaba.
Pero se contuvo.
Salomé era diferente.
No era como las mujeres con las que solía pasar el rato.
Ella era su tesoro, a quien trataba con tanta delicadeza por miedo a que se rompiera o se desvaneciera.
No podía tocarla. Ni siquiera se atrevía a hacerlo.
—Tranquila, estoy aquí —dijo con voz suave y protectora, mientras la acomodaba con cuidado en el asiento trasero del auto—. Te llevaré a casa a descansar. Un buen sueño y estarás como nueva.
Salomé se removió un poco más y luego cayó en un sueño profundo.
Luciano cerró la puerta, se recargó contra el vehículo y encendió un cigarrillo.
La brisa nocturna soplaba helada.
Exhaló una nube de humo, y de repente, un rostro apareció en su mente.
Dayana.
Había pasado la última quincena acompañando a Salomé para que se adaptara a la universidad, y casi se había olvidado de que Dayana existía.
A la mitad de su cigarrillo, sacó el celular e hizo una llamada.
—Búscame a una chica de unos dieciocho años, que tenga un aspecto dulce y dócil. Mándamela mañana a primera hora.
Si Dayana quería una hermana, él se encargaría de enviarle una.
...
Una cama matrimonial enorme.
Era la primera vez que Dayana dormía en una cama tan amplia.
En casa de los Castaño, aquel catre en el rincón del balcón apenas medía noventa centímetros. Como ella era alta, siempre tenía que dormir con las piernas encogidas, con el temor constante de caerse si se daba la vuelta.
Pero hoy todo era distinto.
Extendió los brazos y las piernas, adueñándose de casi todo el espacio. El edredón era nuevo, muy suave, y olía a detergente limpio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La rebelión de la sustituta: El karma del heredero