Iván Herrera levantó su copa con una sonrisa.
—Lo raro sería que viniera.
La puerta se abrió y entraron dos personas más.
Al frente iba Miguel Soler, un hombre de poco más de treinta años, impecablemente vestido con traje de diseñador.
Detrás de él venía una joven. Llevaba un vestido de punto color crema, el cabello largo suelto sobre los hombros, y una sonrisa brillante en su rostro dulce.
Camilo silbó al verlos.
—Vaya, vaya, llegó la pequeña Salo.
Salomé Soler sonrió con timidez mientras recorría la sala con la mirada. Al no encontrar a la persona que buscaba, sus ojos perdieron un poco de brillo.
Miguel se sentó y lo primero que hizo fue pedir un vaso de leche caliente para ella.
—Mi hermana aún es joven, así que compórtense esta noche, por favor.
—¡El mes pasado cumplí la mayoría de edad! —protestó Salomé de inmediato.
Odiaba que la trataran como a una niña.
Miguel sonrió y le alborotó el cabello con cariño, sin discutir.
Gabriel, mientras seguía pelando nueces, intervino:
—No arruines mi buena reputación frente a la niña, yo soy un caballero muy decente.
Salomé miró a Gabriel con curiosidad.
Luciano le había contado que Gabriel Gómez y Camilo Díaz eran los amigos de la infancia de Alejo Lozano, los tres eran inseparables.
Camilo le dio un leve puntapié a Gabriel.
—Ya pasas de los treinta, ¿y todavía tienes el descaro de llamarte a ti mismo joven galán?
Gabriel soltó una carcajada y esquivó el golpe.
—Los hombres a los treinta somos como el buen vino, entre más años, mejor sabor.
Camilo fingió que vomitaba.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse y un bartender entró con su equipo.
—Señor Díaz —saludó Mateo, quien ya era un viejo conocido—. ¿Qué se le antoja esta noche?
Camilo miró a Salomé.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La rebelión de la sustituta: El karma del heredero