A Mariela se le partía el corazón y lo abrazó para consolarlo.
—Ya, ya, tranquilo. Aquí está mamá.
No se atrevía a odiar a Luciano.
Con gente como él, uno no se metía.
Así que todo su veneno fue dirigido hacia Dayana.
Si ese día Dayana hubiera firmado el contrato sin hacer escándalos, ya tendrían los cinco millones disfrutando de la vida, y no estarían pasando por semejantes humillaciones.
De pronto, a Mariela se le cruzó una idea por la cabeza.
¿Y si todo esto era un plan de Dayana para vengarse de ellos?
Luciano bajó las escaleras del edificio.
El coche, que estaba estacionado en la penumbra, se acercó de inmediato y se detuvo justo frente a él.
En el asiento trasero iba una muchacha de veintitantos años, de piel limpia y delicada; una estudiante de actuación.
Había aceptado el trabajo de interpretar a una hermana adoptiva que por fin se reencontraba con su hermana mayor.
Pero llevaba tres horas esperando en el coche sin que pasara absolutamente nada.
Cuando Luciano por fin regresó, la joven notó que traía una expresión sombría y no se atrevió ni a respirar.
Luciano no dijo nada, y el chófer, por miedo, no arrancó.
El coche se quedó bloqueando el paso a mitad de la calle.
Los autos detrás de ellos comenzaron a tocar el claxon escandalosamente.
Tras unos minutos, Luciano habló:
—Lárgate.
El chófer pensó que se lo decía a él y se apresuró a quitarse el cinturón.
—Tú no —dijo Luciano girando la cabeza hacia la joven del asiento trasero, que ya estaba pálida del susto. Su voz no tenía la más mínima emoción—. Lárgate tú.
La chica bajó del coche torpemente, casi tropezando en su prisa por salir.
Luciano se recargó en el asiento; sus ojos eran como un cielo lleno de tormenta.
Últimamente no sabía qué le pasaba, sentía que estaba perdiendo la cabeza, ¡hasta había contratado a una actriz para que fingiera ser Salomé!
Se había equivocado.
Dayana no tenía ningún derecho a ponerle condiciones.
La próxima vez que le pusiera las manos encima, lo haría a la fuerza.
La Noche.
Gracias a la nueva bartender, el ambiente del club estaba más animado que de costumbre.
Gabriel estaba apoyado en la barra, sosteniendo la Dama Blanca que Dayana le había preparado, y tomó un sorbo con calma.
El sabor no se parecía en nada al que estaba acostumbrado.
Además del toque profundo del whisky y el dulzor del licor de almendras, tenía un levísimo rastro amargo que se sentía al final.
Cada sabor estaba en perfecto equilibrio.
—La nueva bartender es una maravilla —comentó Gabriel admirado—. Es bueno ser joven, tiene iniciativa.
Camilo también tenía una bebida exclusiva en sus manos; ambos eran accionistas del lugar, así que lógicamente, los dos primeros tragos de la noche eran para ellos.
Y sí, estaban deliciosos.
Pero Camilo estaba prestando atención a otra cosa.
Entrecerró un poco los ojos observando la silueta atareada detrás de la barra, se frotó la barbilla y de pronto dijo:
—¿No te parece que se parece a alguien?
Gabriel dio otro sorbo, se tomó su tiempo para saborearlo y luego contestó:
—¿A quién?
Camilo negó con la cabeza.
—Si la miras bien... no, no tanto.

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