Era de noche.
Los árboles a ambos lados de la calle estaban envueltos en luces de colores; rojos y verdes que parpadeaban constantemente.
«Ya casi es Navidad».
Dayana iba envuelta en una gruesa bufanda gris; casi toda su cara estaba cubierta, dejando solo a la vista sus ojos.
En la estación de metro había un mar de gente. Pasó su tarjeta con la cabeza baja y se refugió en un rincón.
Le tenía pánico al frío.
Durante este mes se había abrigado de tal manera que casi había olvidado cómo se sentía el invierno.
Al salir del metro, el viento soplaba fuerte contra su cuello; sentía el aire helado cortándole la piel como navajas. Entrecerró los ojos, exhaló sobre sus manos y se las frotó con energía.
«Si sigue haciendo este frío, la Laguna Argéntea terminará congelada», pensó.
«Quién sabe si a Alejo le gustará pescar en el hielo...»
En ese instante, un Bentley negro pasó junto a ella, levantando una fuerte ráfaga de aire.
Dayana no levantó la vista, simplemente se acomodó la bufanda y retomó su camino.
...
Por la cercanía de la Navidad, La Noche estaba más llena que de costumbre.
Para cuando Dayana llegó a la barra, ya había una pequeña pila de comandas esperando.
Apenas se había puesto el uniforme cuando el gerente se acercó apresurado.
—Muchacha, sácame primero tres cócteles para la sala 208 —dijo, limpiándose el sudor de la frente, sonando mucho más alterado de lo normal.
Dayana bajó la mirada hacia el recibo.
Eran tres Godfathers.
No hizo preguntas y asintió.
En la sala VIP.
Gabriel le dio un sorbo a su Godfather y arrugó toda la cara.
—Qué amargo. En serio no entiendo cómo a ustedes les gusta esto.
Camilo lo ignoró y se volvió hacia Alejo.
—¿Y bien?
La iluminación en la sala era tenue; el rostro de Alejo estaba mitad en sombras y mitad iluminado.
Dejó la copa sobre la mesa y pronunció dos simples palabras:
—Bastante bien.
Camilo aplaudió.
—Lograr que el Director Lozano diga "bastante bien" no es cualquier cosa.
Gabriel pinchó un trozo de fruta y masticó sin darle mucha importancia.
—La chica tiene lo suyo. El gerente me acaba de decir que apenas tiene dieciocho años. Cuando yo tenía esa edad, me escapaba de las clases para ir a jugar.
Camilo puso los ojos en blanco.
—Cuando tenías dieciocho te fuiste al extranjero a despilfarrar dinero, gracias.
Alejo no dijo nada. Volvió a tomar la copa y le dio otro sorbo.
Después de un momento, dejó la bebida y ordenó:
—Llama al gerente.
Camilo y Gabriel intercambiaron una mirada, pero ninguno habló.
El gerente tocó a la puerta y entró enseguida. Su reverencia fue mucho más pronunciada que de costumbre.

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