Ella lloraba y negaba con la cabeza, suplicando que no le quitaran los ojos.
Luciano soltó una carcajada.
Acto seguido, la agarró del cabello y la levantó del suelo bruscamente.
Ella gritó de agonía, sintiendo que le arrancaban el cuero cabelludo.
Luciano se acercó a su oído y susurró.
—Salo sufre cien veces más que tú. Tú solo vas a perder la vista. Eres su hermana mayor, tus ojos le servirán perfectamente.
Ella lloraba, rogándole que se detuviera.
Luciano sonrió con cinismo.
—No olvides que te compré por nueve millones. Si te digo que mueras, tienes que morir.
Una nueva arcada.
Dayana volvió a vomitar.
Ya no quedaba nada en su estómago, pero las arcadas continuaron, el ácido le quemaba la garganta sin piedad.
Se aferró al lavamanos, temblando de pies a cabeza.
No era frío.
Era terror.
Era odio.
Era asco absoluto.
Recordó su infancia.
A los cinco años, un trágico accidente se llevó a sus padres. Ella y su hermana gemela terminaron en un orfanato.
Meses después, una familia adinerada llegó a buscar a una niña y la eligieron a ella.
El día que iban a firmar los papeles, Dayana se escondió.
Sabía que esa pareja solo quería a una niña.
Si ella se iba, su hermana se quedaría sola para siempre.
A altas horas de la noche, salió de su escondite y, tal como lo había planeado, su hermana ya no estaba.
Se sentó a llorar en el patio del orfanato durante horas. Luego se secó las lágrimas y se prometió a sí misma que, cuando ganara dinero, la buscaría.
Tiempo después, fue adoptada por sus actuales padres.
Un padre alcohólico y una madre desalmada que nunca le mostraron cariño. A pesar de todo, estudió, trabajó duro desde la secundaria repartiendo volantes, siendo mesera y dando clases particulares, hasta ahorrar cincuenta mil pesos.
Apenas el día de ayer, su plan era buscar a su hermana durante las vacaciones de invierno.
Quería darle todo lo que había ahorrado.
Quería decirle que su hermana mayor nunca la había olvidado.
¿Y de qué sirvió?
Su dulce hermanita había sido adoptada por una familia millonaria y le habían cambiado el nombre a Salomé Soler.
Vivía rodeada de lujos y era el centro de atención de todos.
Ese psicópata de Luciano le arrancó los ojos para dárselos a ella, y Salomé los recibió sin el más mínimo remordimiento, viviendo felices para siempre.
¿Y Dayana?
A los cinco años renunció a su única oportunidad de tener una familia.
A los dieciocho, la compraron como a un objeto.
A los diecinueve, desarrolló Síndrome de Estocolmo y amó a su torturador.
A los veinte, le sacaron los ojos.
A los veintiuno, murió atropellada.
Su cuerpo quedó destrozado.
Ni siquiera tuvo una lápida.
Las lágrimas cálidas que había intentado reprimir comenzaron a caer pesadamente.
Dayana no se las secó. Se inclinó sobre el lavamanos, llorando con tal fuerza que todo su cuerpo temblaba.
Lloró por esos cinco años desperdiciados.
Lloró por sus dieciocho años de miseria.
Lloró por esa niña de cinco años que siempre esperó a su hermanita.
Después de un par de minutos, se irguió lentamente y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano frente al espejo.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.


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