Lo apartó de un empujón.
—Cinco millones es muy poco.-
Hernán se quedó paralizado, olvidando por completo que Dayana acababa de atreverse a detenerle la mano.
¿Cinco millones era poco?
¡Cinco millones al año!
—¡Déjate de rodeos! —le gritó con los ojos muy abiertos—. ¡Vuelve ahora mismo y firma esa hoja! ¡Yo mismo voy contigo!
Mariela pensaba mucho más rápido que su marido.
Se secó las lágrimas al instante. El tal Lozano era un hombre muy poderoso; ¿qué significaban cinco millones para alguien como él?
Mientras Dayana siguiera teniendo valor, debían exprimirla al máximo para asegurar el futuro de su hijo.
—Ay, mi niña —la actitud de Mariela cambió y forzó una sonrisa complaciente—. Seguro no has comido, ¿verdad? Ven, siéntate a comer. El caldo ya está listo, come bastante, mira nada más lo flaquita que estás.
Hernán aún no captaba la situación y se dejó caer en el sofá de mala gana, encendiendo un cigarrillo.
Dayana se sentó.
La verdad era que necesitaba comer.
Medía un metro sesenta y siete, pero pesaba menos de cincuenta kilos. Tenía una desnutrición severa.
Tomó sus cubiertos. Comía despacio, pero no dejaba nada en el plato, eligiendo cuidadosamente los mejores cortes de carne.
Mariela la observaba de reojo, sintiendo punzadas de dolor en el pecho.
¡Eran cortes finos! Había comprado justo esa cantidad, negándose a comerlos ella misma para dejárselos a Ciro, ¡y ahora Dayana se los estaba tragando todos!
Antes de que pudiera quejarse, Dayana bajó los cubiertos y abrió el cajón de la mesa de centro.
Mariela casi gritó.
—Esas no...
—¿No se pueden comer? —Dayana levantó la vista.
Bajo esa mirada, Mariela sintió un escalofrío inexplicable.
La Dayana de hoy no era la misma de siempre. Había algo extraño en ella... algo que hacía que no te atrevieras a levantarle la voz.
—Sí, claro que sí —respondió Mariela con una sonrisa tensa—, pero es que todavía no las he lavado.
Dayana se levantó con el plato en las manos.
—Yo las lavo.
Las enormes fresas, jugosas y frescas, desprendían un aroma dulce.
Eran las favoritas de Salomé.
Dayana jamás en su vida había probado una.
Las lavó cuidadosamente, tomó una y le dio un mordisco.
Era pura dulzura, con un ligero toque ácido, inundando su paladar.
Así que a esto sabían las fresas.
Con razón le gustaban tanto a Salomé.
Dayana bajó la mirada y dio otro bocado.
*Lo siento mucho, hermanita.*
*Esta vez, yo también voy a probar este sabor.*
...
Una, dos, tres...
Mariela, espiando desde la puerta de la cocina, contaba cada fresa que Dayana se comía hasta que no aguantó más; irrumpió y le arrebató el plato.
—¡Déjale unas cuantas a tu hermano! ¡Él ni las ha probado!
Dayana no respondió, solo la miró con absoluta frialdad.
Mariela sintió la piel de gallina; abrazó el plato murmurando.
—Son solo unas fresas... después tendrás todas las que quieras, ese señor Lozano tiene mucho dinero.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La rebelión de la sustituta: El karma del heredero