Manolo preguntó con cautela, pero Rafael solo lo fulminó con una mirada punzante y le reviró:
—¿Cómo dices que le llamas a Leonor?
—Pues, señorita Vargas... —Manolo estaba completamente desconcertado.
No solo él; todos los que trabajaban junto a Rafael la llamaban igual: señorita Vargas.
Fue hasta ese instante que Rafael se dio cuenta de que, a pesar de llevar tres años casado con Leonor, ella seguía siendo “señorita Vargas” para todos, y jamás “señora Aranguren”.
Rafael tomó su celular, queriendo ver cómo reaccionaría Leonor al descubrir que él había destrozado los papeles del divorcio. Sin embargo, ella no le contestó. Quien lo llamó, en cambio, fue Abigail.
...
Al caer la tarde, Leonor llegó sola al reluciente Centro de Convenciones La Lavanda, en Puerto Belmonte.
Se había cambiado de ropa.
Optó por un conjunto azul, elegante y sencillo, uno de sus mejores atuendos de soltera.
En la entrada, el servicio la recibió con una sonrisa profesional. Leonor les devolvió el gesto, y justo cuando iba a abrir su bolso, una voz que no quería escuchar resonó a sus espaldas.
—Señorita Vargas, qué coincidencia, ¿qué haces aquí?
Leonor se giró y vio a Abigail acercándose de la mano con dos de sus amigas.
Abigail hoy lucía especialmente arreglada, enfundada en un vestido rosa de hada, con un collar de diamantes rosas colgando llamativamente de su cuello.
—Abi, ¿ella es tu amiga? —Gabriela Carvajal la escaneó de arriba abajo—. No me digas que también viene a la fiesta de Finesse D'Or.
—Por favor —espetó Silvia con cara de fastidio—, Finesse D'Or es puro lujo y fama internacional. Aquí solo invitan a gente importante. ¡Solo mírala! Seguro viene a entregar comida.
Leonor notó de inmediato la jugada de Abigail y sus amigas: ya sabían perfectamente quién era.
—Gabi, Silvi, no sean así con la señorita Vargas… —Abigail fingió un tono compasivo—. Mira, Rafa me contó que la señorita Vargas se casó antes de terminar la universidad, lleva años de ama de casa, lo más que usa es un delantal y donde más anda es en el mercado. Obvio nunca ha visto el mundo y menos entiende de moda. Nosotros, que trabajamos en Finesse D'Or como diseñadores, vivimos otra realidad.
—¿Trabajas en Finesse D'Or? —preguntó Leonor, sorprendida.
Abigail, orgullosa, sacó una tarjeta de presentación y se la entregó.


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